martes, agosto 27, 2013

El Jazz y la diplomacia durante la Guerra Fría


Esta maravillosa foto de Louis Armstrong junto a su esposa fue tomada en 1961, mientras él y su banda estaban de gira por Egipto como embajadores culturales.

Desde el inicio de la Guerra Fría, el gobierno norteamericano desarrolló un proyecto que se denominó "La Diplomacia del Jazz". El Departamento de Estado organizó visitas de buena voluntad, enviando a músicos de la talla de Louis Armstrong, Benny Goodman y Duke Ellington a giras por Europa del Este, Medio Oriente y el sur asiático. El objetivo: mostrar las libertades culturales estadounidenses a través de su música. Era una jugada muy necesaria, sobre todo para contrarrestar la propaganda soviética que pintaba a los Estados Unidos como un país culturalmente bárbaro y racista. Además, si los soviéticos se paseaban por el mundo con su Ballet Bolshoi, ¿por qué ellos no lo harían con el Jazz?

Otro punto a favor era que la mayoría de bandas de jazz eran multiraciales, un potente símbolo a finales de los años 50, cuando la segregación en los estados del sur empañaban la imagen de todo el país.


Para la primera gira en 1956 enviaron a Dizzy Gillespie con una banda que formada de 18 de los mejores músicos que él mismo pidió. Comenzó su gira en marzo de 1956 y viajaron por todo el sur de Europa, Oriente Medio y Asia del Sur. Era la prueba de fuego. Si la pasaban con éxito era probable que también enviaran bandas a Europa del Este y a la Unión Soviética.


Pakistán, 1956. Dizzy Gillespie, acompañado por la cantante Dottie Salters y la trombonista Melba Liston, toca para las serpientes.


Yugoslavia, 1956. Dizzy Gillespie con el músico y compositor yugoslavo Nikica Kalogjera, rodeado de nuevos fans.

La última parada de la banda fue en Atenas, donde hace poco los estudiantes habían apedreado la sede del Servicio de Información de Estados Unidos en protesta por el apoyo de Washington a la dictadura griega de derecha. Pese a todos los pronósticos, esos mismos estudiantes recibieron y saludaron con vítores a Gillespie, gritando: "Dizzy! Dizzy! "


Atenas, 1956. Poco antes de la llegada del grupo a la capital griega, los estudiantes amotinados habían apedreado la Embajada americana como protestar contra su política exterior. Luego de escuchar a Gillespie, esos mismos jóvenes quedaron tan cautivados con su carismático jazz, que lo sacaron en hombros y lo llevaron por las calles en señal de triunfo

El jazz estaba en todo su apogeo durante la Guerra Fría. Los ciudadanos soviéticos ya estaban hartos de que el Kremlin les prohibiera acercarse a las costumbres y productos que promocionaba el capitalismo. Obviamente el jazz (y más tarde el rock) contrastaba con la cultura musical y oficial que para esa época imponía Moscú a sus ciudadanos.

Una de estas visitas a la Unión Soviética se dio justamente en 1962. Al tratarse de un acto diplomático, el Premier soviético Nikita Khrushchev tuvo que asistir a la apertura del concierto de la orquesta de Benny Goodman en Moscú, pero mantuvo su posición fría, indiferente frente al jazz. La popularidad de la visita de la banda estadounidense, unida a las tensiones de la Guerra Fría después de la Crisis de los Misiles de Cuba, dio lugar a que el Partido Comunista revea su reglamento en contra de este género musical en 1963.


URSS, 1962. Benny Goodman deleita a un grupo de jóvenes en la Plaza Roja de Moscú.


URSS, 1962. Khrushchev asiste a la Embajada de EE.UU. para dar la bienvenida al gran Benny Goodman, a pesar de ser un acérrimo crítico de la música norteamericana, del jazz y el rock especialmente.

Ese carácter frontal e independiente, a veces hasta subversivo de los músicos de jazz, hizo que algunos funcionarios norteamericanos se pusieran nerviosos. De todas formas, los astutos diplomáticos sabían que, en conjunto, todo eso los beneficiaba con el objetivo primordial: Demostrar la diferencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, la libertad sobre el comunismo. Y por supuesto, el jazz era una prueba de que un estadounidense - incluso un hombre negro - podía criticar a su gobierno en público y sin ser castigado o perseguido. De todas maneras no se registraron excesos verbales ni críticas hacia su gobierno por parte de los músicos. A ellos no les interesaba la política, viajaban por su amor al arte, a la música y para popularizar el jazz en el mundo. Bueno, hubo una excepción: en 1957 Louis Armstrong se negó a participar en la gira, solidarizándose con “Los nueve de Little Rock”; un triste suceso acaecido en Arkansas que avergonzó a toda la nación. Luego de ese doloroso suceso, Amstrong participó en las siguientes giras desde 1961.


El Cairo, 1961. Louis Armstrong entretiene a los niños del Centro Médico Al-Sahha Tahhseen. Louis tenía una relación especial con sus fans más jóvenes. Le encantaba visitar escuelas y tocar para niños de bajos recursos en sus giras.


Giza, 1961. Típica foto de turista captada por su esposa Lucille Amstrong.


Moscú, 1971. Duke Ellington es asediado por fanáticos soviéticos durante un tour por ese país.


Sobra decir que el resultado de las giras fue tan exitoso, que el Departamento de Estado mantuvo el programa de los Embajadores del Jazz durante tres décadas. Estos músicos recorrieron 35 países que abarcaron desde la antigua Unión Soviética y Europa del Este pasando por Oriente Medio y África del Norte. En la década del 70 también se enviaron algunas orquestas a países latinoamericanos como Argentina.


Yugoslavia, 1973. Miles Davis y su grupo en Newport-Belgrado.

Esa interacción de los músicos especialmente fuera de los escenarios, integrándose con la gente, con el pueblo en las calles y plazas, logró que este fuera el programa más exitoso de la Diplomacia pública estadounidense de todos los tiempos. Se logró promocionar una imagen positiva de los Estados Unidos en un momento crucial, cuando las tensiones de la Guerra Fría estaban en todo su apogeo. También, muchos de los países no alineados -pero que de una u otra forma se sentían presionados por las dos potencias- , recibieron con agrado las visitas, y lo principal, ellos supieron ganarse a esos jóvenes, quienes nunca imaginaron ver a sus ídolos en persona.

Este experimento diplomático no fue documentado por ningún periodista o agencia gubernamental, por lo que son raras las fotos de aquellos tours de jazz. Sólo unas pocas han sido rescatadas en varios archivos y colecciones privadas como la del Meridian International Center, que hasta hace poco llevaba por el mundo una exposición llamada "Jam Session: Embajadores del Jazz de Estados Unidos abrazando el mundo".



Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5

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martes, abril 16, 2013

Discurso de Hemingway para recibir el Nobel, una joya

Para 1942, Ernest Hemingway había decidido (según sus propias palabras) renunciar al "negocio" de la escritura y no escribió nada durante cuatro años. En 1946, luego de su matrimonio con Mary y la pérdida de su hijo a los cinco meses de embarazo, cayó en una depresión profunda. Fue una década devastadora en su vida, sus amigos escritores morían uno detrás de otro: en 1940 murió Scott Fitzgerald;, en 1941 fallecieron Sherwood Anderson y James Joyce, en 1946 se fue su amiga Gertrude Stein; y en en 1947 Max Perkins, quien fue durante largo tiempo su editor y amigo. Empezó a sufrir fuertes dolores de cabeza, presión arterial alta, problemas de sobrepeso y se le diagnosticó diabetes como resultado de muchos años de consumo excesivo de alcohol. Sin embargo, en enero de 1946 comenzó a escribir nuevamente, a despojarse de sus miedos, dolores y demonios con la escritura. Su catarsis no perseguía sueño alguno, peor aún un premio o reconocimiento. Sólo era un audaz periodista con sueños de escritor.

Esa valentía, osadía -y hasta sinvergüencería- de tomar una pluma y vertir sus entrañas sobre un papel, vomitar el dolor y la impresión de una guerra mundial, el orgullo y arrepentimiento de haber disparado a matar siendo tan sólo un corresponsal de guerra; ese arrojo personal y necio, es el que nos ha permitido disfrutar de su magna obra.


En 1954, cuando le comunicaron que iba a ser galardonado con el Nobel de Literatura, declaró a la prensa que Carl Sandburg, Isak Dinesen y Bernard Berenson eran mucho más dignos de semejante honor, pero que él con mucho gusto recibiría el dinero del premio. No asistió a la cena de premiación en Estocolmo, pero escribió en un trozo de papel una pequeña nota para que la leyera el Embajador de los Estados Unidos en su nombre:

"Carente de toda habilidad para pronunciar discursos y sin ningún dominio de la oratoria o la retórica, agradezco a los administradores de la generosidad de Alfred Nobel por este Premio. 
Ningún escritor que conozca a los grandes escritores que no recibieron este Premio, puede aceptarlo sin humildad. No es necesario hacer una lista de estos escritores. Todos los aquí presentes pueden hacer su propia lista de acuerdo a su conocimiento y conciencia.
Me resulta imposible pedir al Embajador de mi país que lea un discurso en el cual un escritor diga todas las cosas que están en su corazón. Las cosas que un hombre escribe pueden no ser inmediatamente captadas, y en esto algunas veces es afortunado; pero eventualmente se vuelven claras, y por estas y por el grado de alquimia que posea, perdurará o será olvidado. 
Escribir al mejor nivel, conlleva una vida solitaria. Las Organizaciones para premiar escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública a medida que se despoja de su soledad y a menudo su trabajo se deteriora debido a que realiza su trabajo en soledad, y si es un escritor suficientemente bueno, cada día deberá enfrentarse a la eternidad o a su ausencia. 
Cada libro, para un escritor auténtico, es un nuevo comienzo donde intenta cada vez alcanzar algo que está más allá de su alcance. Siempre intenta lograr algo que nunca ha sido hecho o que otros han intentado y han fracasado. Entonces algunas veces -con gran suerte- tiene éxito. 
Cuán fácil resultaría escribir literatura si tan sólo fuera necesario escribir de otra manera lo que ya ha sido bien escrito. Debido a que hemos tenido tantos buenos escritores en el pasado es que un escritor se ve forzado a ir más allá de sus límites, allá donde nadie puede ayudarlo. 
Como escritor, he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente les agradezco."


Referencias:
1, 2, 3

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lunes, febrero 04, 2013

Libro 33 Historias Imprescindibles (ebook gratis)

Hace más de dos años, la Editorial El Conejo de Ecuador se fijó en este humilde blog y seleccionó una serie de relatos que más tarde fue publicada como "33 Historias Imprescindibles".


Ahora, que los derechos del libro me pertenecen completamente lo pongo a consideración de ustedes, mis fieles lectores, en formato digital y totalmente gratis.

No puedo dejar de agradecer a mi amigo Paúl Astudillo alias: @pastv quien con su infinita paciencia (y dejando de lado cosas verdaderamente importantes) se encargó de la versión digital del libro. Por cierto, quienes necesiten de este tipo de servicio, pueden contactarlo vía Twitter. Yo sólo puedo atestiguar que su trabajo es impecable.

Sin más, aquí les dejo el libro en versión digital. Espero que lo disfruten:

Descargar en formato Mobi (Para Kindle)

Descargar en formato Epub (Para IPad y Android en general)



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lunes, diciembre 17, 2012

La historia del Titanic contada por los nazis

En 1943,  el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels ordenó el rodaje de una película que recreaba la historia del mítico barco inglés y su famoso hundimiento, pero con un guión totalmente distinto a la historia conocida.

Joseph Goebbels

Esta película también se llamaba "Titanic" pero básicamente contaba la historia de un oficial alemán en el papel de primer operario al mando de la nave. Fue el proyecto audiovisual más caro y ambicioso que se hubiera filmado jamás, y a pesar de que el país se encontraba en guerra contra medio mundo, fueron utilizados verdaderos marines alemanes como extras.

En esa década, las salas de cines se llenaban en todo el mundo y lógicamente esta película fue concebida como instrumento de propaganda nazi. Su principal objetivo era desprestigiar a la sociedad británica. Quería demostrar que el hundimiento del Titanic fue consecuencia de la codicia del propietario del buque, Sir Bruce Ismay y de otros aristócratas que viajaban a bordo del barco. De hecho muestra a Sir Bruce Ismay y a Jhon Jacob Astor interesados en ganar la famosa Banda Azul en este viaje.

La Banda Azul era un prestigioso premio establecido en 1833, un galardón que se entregaba a la nave que cruzara el Atlántico en menor tiempo, a quienes imponían un nuevo récord entre Europa y América, y viceversa. El récord en aquel tiempo lo ostentaba el Mauritania, con un tiempo de 4 días, 10 horas y 51 minutos desde Europa hasta América, viajando a una velocidad de 26,06 nudos.

Fotograma de la película alemana

La película nazi cuenta que para lograr el galardón, Bruce Ismay le prometió al Capitán Smith  $ 1.000 por cada hora que llegara antes de lo previsto a Nueva York. También son mostrados los pasajeros habituales y ficticios, aquellos nobles y aristócratas que iban en primera clase y sus jóvenes amantes a quienes escondían en tercera. Luego entra en acción el héroe alemán, el joven oficial Petersen, quien muy consciente de la situación, repetidamente advierte a Bruce Ismay que el Titanic está navegando demasiado rápido, que están en zona de icebergs que hay muy pocos botes salvavidas.


Cuando sucedió lo inevitable, tanto Ismay como Astor tratan de comprar su salvación en un bote salvavidas, pero no lo consiguen. Petersen se apiada de Ismay y lo ayuda a escapar de todos modos, para que pudiera ser juzgado por sus actos. El oficial Petersen también es rescatado después de nadar a un bote salvavidas. Al final los dos hombres son enfrentados en las investigaciones posteriores, Bruce Ismay es exonerado y toda la culpa se le endosa al Capitán Smith.


Otros momentos incidentales de la cinta incluyen a una chica que deja a sus padres por seguir al hombre que ama, una fiesta con excesos y muy libertina en el comedor de tercera clase, e incluso, como en el clásico de James Cameron, un ladrón de joyas es rescatado de la prisión de la nave usando un hacha.

Extrañamente la película no se estrenó porque al final Goebbels prohibió que la cinta se difunda. Dicen que esa decisión fue tomada debido a que las trágicas tomas finales podrían ser desmoralizantes para la población alemana que se encontraba bajo fuego aliado. La película pueden verla aquí en Youtube con subtítulos en inglés.

Fotograma de la película alemana

Las escenas culminantes fueron filmadas a bordo del Cap Ancona, un buque requisado por la armada alemana. Después de la filmación, el director Herbert Selpin se quejó públicamente de la conducta de los oficiales alemanes que actuaron y muy pronto fue apresado por la Gestapo. Fue interrogado por el mismo Goebbels en persona y en menos de 24 horas se lo encontró ahorcado en sus celda.

El Cap Ancona también se unió poco después a la catástrofe. Fue hundido por aviones británicos. Iban en él 5500 prisioneros de campos de concentración, que estaban siendo enviados con destino desconocido. Se supone que los estaban deportando porque la invasión de los Aliados se acercaba. Casi todos perdieron la vida.

Cap Ancona al momento de ser atacado por los ingleses

Irónicamente en este ataque al navío Cap Arcona, hubo el triple de muertos que en el verdadero naufragio del Titanic en 1912.

Fuentes y Referencias:
1, 2, 3, 4, 5


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viernes, diciembre 07, 2012

Cuando el autor de la Marsellesa estuvo a punto de ser decapitado

La Marsellesa, como todos sabemos, es uno de los himnos más famosos del mundo. Ubiquémonos en 1792. Eran ya algunos meses que la Asamblea Nacional Francesa debatía sobre si debía o no debía declarar la guerra a la coalición de emperadores y reyes. Los girondinos (moderados) insistían en la guerra para mantenerse en el poder. Robespierre y los jacobinos (radicales) luchaban por la paz para que no peligre la asamblea ya que aspiraban a tomar el poder en sus manos. Luis XVI, por su parte, tampoco estaba decidido pero temía una revolución interna. Francia era una olla de presión, los periódicos creaban polémica con artículos nacionalistas, se discutía en cada esquina y circulaban los rumores más diversos. Por fin, el 20 de abril, el rey de Francia declaró la guerra al emperador de Austria y al rey de Prusia.

La tensión dominante en París se trasladó a las ciudades fronterizas y en todos los pueblos se fueron alistando voluntarios, se equipó a los guardias nacionales y se acondicionaron las fortalezas. En la provincia de Alsacia la tensión era mayor porque al ser frontera con Alemania es lógico que allí sería el primer encuentro, concretamente en la ciudad de Estrasburgo que se encuentra a las orillas del Rin.



La mañana del 25 de abril de 1792, cuando El Correo de París oficializa la declaración de guerra, en Estrasburgo la gente se vuelca a las calles y plazas. Pasan desfilando marcialmente todas las guarniciones cercanas y sus regimientos. En la Plaza Mayor les espera el alcalde Dietrich y saluda a los soldados. El alcalde lee la declaración de guerra en francés y en alemán. Al terminar sus últimas palabras, la multitud se dispersa y vuelve a sus casas con el entusiasmo patriótico propio de tal acontecimiento. En los clubes y en los cafés se pronuncian enardecidos discursos. Se reparten proclamas: Aux armes, citoyens! L’etendard de la guerre est deployé! Le signal est donné! Y así, por todas partes, en los discursos, en los periódicos, en las pancartas y en las conversaciones de la gente, se repiten las mismas palabras: Aux armes, cito yens! Qu’ils tremblent donc, les des potes couronnées! Marchons, enfants de la liberté!

El alcalde de Estrasburgo, el barón Federico Dietrich, acude esa misma tarde a una fiesta pública. Manda repartir vino y comida a los soldados que marchan al frente. Por la noche reúne en su casa a los generales, a los oficiales y a todos los funcionarios en una fiesta de despedida, en la que con entusiasmo les augura la victoria. Los generales, seguros del triunfo presiden la mesa. Los oficiales, jóvenes enardecidos, agitan en alto los sables, se abrazan, brindan... El vino los impulsa a pronunciar discursos cada vez más fogosos y electrizantes. Y de nuevo asoman las palabras estimulantes de los periódicos, de las proclamas, de las arengas: «¡A las armas, ciudadanos! ¡Salvemos a la patria! ¡Adelante! ¡Qué tiemblen los déspotas coronados! ¡Ahora que hemos enarbolado la bandera tricolor de la victoria, ha llegado el momento de pasearla por el mundo! ¡Todos debemos contribuir a la victoria, por el Rey, por nuestra bandera y por la libertad!». De pronto, entre los brindis y los discursos, el alcalde se dirige a un joven capitán de ingenieros llamado Rouget, que está sentado a su lado. Justamente se acuerda entonces que este simpático oficial, medio año antes, a raíz de la promulgación de la Constitución, había escrito un bonito poema a la libertad. ¿No sería ahora ocasión, con motivo de la declaración de guerra y de la marcha de las tropas, de escribir algo igual? Le preguntó el alcalde al capitán Claude Rouget. El modesto capitán, deseoso de complacer al alto funcionario y amigo, se muestra dispuesto a acceder a sus deseos.

Claude Joseph Rouget

Pasó el 25 de abril. Estamos en el 26. Reina la oscuridad en las casas, pero el bullicio y el jolgorio prosiguen aún en las calles. Dentro de los cuarteles, los soldados se preparan para la marcha. Ya en su casa, inquieto, Rouget se pasea de un lado a otro pensando en cómo empezar la composición. Aún resuenan en sus oídos las frases vibrantes de las proclamas, los discursos, los brindis: Aux armes, citoyens! Marchons, enfants de la liberté! Écrasons la tyrannie! L’étendard de la guerre est deployé: Pero también recuerda las otras palabras oídas por la calle al pasar, las charlas de las tabernas y las voces preocupadas de los labradores, que temen por los campos de Francia, que serán asolados y abandonados con sangre si llegan a ser invadidos. Inconscientemente escribe las primeras líneas, que no son más que un eco, una repetición de aquellos recuerdos:

Allons, enfants de la patrie,
le jour de gloire est arrivé!

Entonces interrumpe su trabajo. El principio suena bien. Ahora falta dar con el ritmo debido, que la melodía corresponda al texto. Echa mano de su violín y ensaya en él unas notas. Continúa escribiendo apresuradamente, arrastrado ya por la poderosa corriente que le impulsa. En un instante afluyen a su memoria todos los sentimientos desatados en aquella hora decisiva, las palabras oídas en el banquete, el odio a los tiranos, los temores por la tierra natal, la fe en la victoria, el amor a la libertad. Claude Rouget no necesita inventar ni discurrir; sólo le falta rimar cuanto ha escuchado aquel día. Ni necesita componer, sólo recordar. el latido del corazón de todo un pueblo. Va escribiendo apresuradamente, y siempre con brío e ímpetu crecientes, las estrofas, las notas. Tiene dentro de sí la fuerza de un desconocido huracán. Escribe como si un viento impetuoso lo empujara.

Las palabras casualmente escuchadas al pasar entre la gente o casualmente leídas en los periódicos, se convierten en el tema de su creación y forman la letra de una estrofa que acompañó con una sencilla melodía que jamás imaginó serían universales:

Amour sacré de la patrie,
conduis, soutiens nos bras vengeur;
liberté, liberté chérie,
combats avec tes défenseurs.

Luego escribió la quinta estrofa, la última, que, enlazando las palabras con la música, constituye el final del impresionante himno.Casi al amanecer Rouget apagó las velas y se echó a dormir. No sabe que ha compuesto un himno inmortal. Sobre la mesa quedó la obra terminada.

Las mañana del 26 trae el eco de los primeros disparos. Ha empezado la guerra. Rouget se despierta con una fuerte resaca. Sabe que le ha ocurrido algo, pero no se acuerda. De pronto mira sobre la mesa y contempla su obra. «¿Versos? ¿Cuándo escribí yo estos versos? ¿Música, y con anotaciones mías? ¿Cuándo la compuse? ¡Ah, sí, es la canción que me encargó Dietrich, la marcha para los tropas del Rin!» Lee sus versos, tararea su melodía, pero, a pesar de todo, no se siente demasiado seguro de su obra.

Con la natural impaciencia de todo autor y satisfecho por haber cumplido tan rápidamente su promesa, se encamina a casa del alcalde, al que encuentra dando su habitual paseo matutino por el jardín.

—¿Ya está compuesta? —se asombra el alcalde al entregarle la obra—. Pues vamos a ensayaría ahora mismo. Y ambos pasan al salón de la residencia. Dietrich se sienta al piano para acompañar y Rouget canta. Atraída por la inesperada música matinal, entra en la estancia la esposa de Dietrich y promete hacer varias copias de la canción, e incluso, gracias a su excelente preparación musical, procurarle el acompañamiento para que en la tertulia de aquella misma noche pueda ser estrenada. El alcalde, como buen tenor, se encarga de estudiar el himno, y por fin, esa misma noche lo canta por vez primera ante una escogida concurrencia. El auditorio aplaudió tibiamente por cortesía, y claro, no faltaron las consabidas felicitaciones al autor.


Estreno del Himno a un muy selecto grupo de amistades del alcalde de Estrasburgo

Lo que pasa es que «La Marsellesa» no fue compuesta para oyentes que estuvieran tranquilamente sentados, sino para ser coreada por soldados y guerreros. No se compuso para que la cantara una soprano o un tenor, sino una ingente multitud, como marcha, como canto ejemplar de victoria, de muerte, como algo que recordara a la patria, que fuera el himno nacional de un pueblo. Fue el entusiasmo lo que tenía que darle vida, antes de que su melodía llegase al alma de la nación, que la conocieran las tropas, que la Revolución la adoptara como suya.

Como todos, ni el mismo Rouget sabía lo que había creado aquella noche. Se alegró, claro está, de que los invitados la hubieran aplaudido y le agasajasen como autor. Los siguientes días se limitó a cantar su himno a sus camaradas en los cafés y envió copias a los generales del Ejército del Rin. Entre tanto, por orden del alcalde, la banda de música de Estrasburgo ensayó «La canción de guerra para el Ejército del Rin» (ese fue su primer nombre), hasta que, cuatro días más tarde, la interpretó en la Plaza Mayor despidiendo a las tropas.


Rouget cantando su himno a amigos y conocidos

Para tristeza de Rouget y del alcalde, todo terminó en eso, en un buen momento y nada más. El efímero éxito de salón obtenido por Allons, enfants de la patrie, parecía quedar reducido a eso mismo, al triunfo de una noche, a un acontecimiento provinciano, que pronto sería olvidado. Sin embargo, una obra de arte puede quedar olvidada cierto tiempo, puede ser prohibida, enterrada, pero lo perdurable siempre acaba por triunfar sobre lo efímero. Durante un par de meses deja de escucharse la «Canción de guerra para el ejército del Rin» y los ejemplares impresos y manuscritos quedaron abandonados o fueron pasando por manos indiferentes.


Partitura con el nombre original: "Canto de guerra para el ejército del Rin"

El milagro ocurrió en el otro extremo de Francia, en Marsella. Cierta noche el «Club de los Amigos de la Constitución» daba un banquete de despedida a los voluntarios que se habían alistado para ir a la guerra. Eran más de quinientos jóvenes uniformados y todos tenían esa misma fiebre patriótica que tuvieron los de Estrasburgo aquella memorable noche del 25 de abril, pero con más ardor y más apasionamiento, como es propio del carácter de los marselleses. De repente, en pleno banquete, un tal Mireur, estudiante de Medicina, levantó su copa. Todos callaron y le miraron, esperando un discurso, una arenga, pero en vez de ello, empieza a entonar una canción, una nueva canción, desconocida por todos, que no sabían cómo ni dónde la había aprendido: el Allons, enfants de la patrie. Y como si fuera una chispa que prendiera en un polvorín, todos se sintieron embargados por una inenarrable emoción. Estos quinientos jóvenes dispuestos a morir por la patria, por la libertad, que debían marchar al otro día al frente, encuentran en aquellas palabras sus más íntimos anhelos, sus más determinantes ideas. El ritmo de aquel himno los arrebató en un entusiasmo sin límites. Son aclamadas delirantemente una estrofa tras otra. Con las copas en alto cantan todos repetidamente: «Aux armes, citoyens! Formez vos bataillons». En la calle, la gente se detiene curiosa para oír aquel himno que se canta con tanto entusiasmo, que acaba prendiendo en ellos también, hasta que finalmente unen sus voces al coro de los voluntarios. Al día siguiente, el himno ya era conocido por miles de franceses.

Los quinientos voluntarios que el 2 de julio fueron a la guerra, llevaron el himno impreso en su mente y en su corazón. Cuando la marcha los fatigaba, bastaba con que alguno de ellos se ponga a entonar el nuevo himno para que todos marchasen con nuevos bríos. En cada pueblo por el que pasaban, los campesinos los escuchan maravillados y coreaban el himno con ellos. «La Marsellesa» se convirtió en su canción. Han adoptado aquel himno anónimo que fue creado para el Ejército del Rin y sin tener siquiera idea de quién es su autor. Lo adoptaron como bandera, como algo propio de su batallón, como una profesión de fe que los debía acompañar hasta la muerte.


El primer éxito rotundo que tuvo «La Marsellesa», porque así fue bautizado el himno de Rouget, fue el 30 de junio en París. El batallón de voluntarios marselleses entraba por los suburbios parisinos, con la bandera desplegada y entonando el himno. Miles de personas que los esperaban en las calles para aplaudirles y rendirles homenaje, quedaron estremecidos cuando escucharon aquel himno acompañado por trompetas y redobles de tambores. ¿Qué significaba aquel grito de «Aux armes, citoyens»? Unas horas más tarde, la canción de Rouget se escuchaba por todas partes. Se la cantaba en los banquetes, en los teatros, en los clubes. En pocos meses, «La Marsellesa» se convirtió en la canción del pueblo y de todo el ejército. Luego, Servan, el Ministro de Guerra, reconoció la fuerza tónica y exaltadora de tan extraordinaria canción de guerra y ordenó que se envíen cien mil ejemplares a todos los cuarteles generales. Al cabo de pocas noches, «La Marsellesa» estaba más difundida que todas las obras de Moliére y Voltaire.




No había fiesta ni batalla que no empiece o acabe con «La Marsellesa», el himno de la libertad. Mientras tanto, en una pequeña guarnición de Hüningen, Claude Rouget, su creador, se ha olvidado ya del himno que compuso aquella memorable madrugada del 2 de abril de 1792. Cierto día lee en los periódicos que hay un nuevo himno llamado «Canción de los Marselleses». Ni siquiera se le pasa por la cabeza que aquella pudiera ser su creación.

Nadie en Francia sabe quién es el autor, y de hecho, en los miles de ejemplares que se imprimen consta con autoría anónima. Pero lo irónico de todo esto es que Rouget, su autor, el creador del himno de la Revolución no tenía ni le quedaba nada de revolucionario. Los excesos de quienes se arrogaron el poder lo decepcionaron. Cuando en agosto los marselleses y el populacho de París asaltan las Tullerías y hacen abdicar al Rey, Rouget ya está harto de tanto horror. Se decepcionó al enterarse que el himno que se utilizaba con violencia y para cometer excesos, fuera el suyo. Eso fue algo que lo deprimió profundamente y se negó a prestar juramento a la República. Prefirió abandonar su carrera militar antes que servir a los jacobinos.

La amada libertad, la liberté chérie de su himno, no eran palabras huecas para este hombre sincero: llegó a despreciar a los nuevos tiranos y déspotas de la Convención igual que a las monarquías extranjeras. Expresó abiertamente su desprecio al Comité de Salud Pública cuando su amigo Dietrich, alcalde de Estrasburgo, el padrino de «La Marsellesa»; y todos los demás oficiales y aristócratas que fueron sus primeros oyentes, fueron conducidos a la guillotina. Entonces sucede lo inaudito: él mismo fue detenido como contrarrevolucionario y procesado. El autor de la Marsellesa es acusado de traidor a la patria y condenado a muerte. Providencialmente y gracias a la apertura de las cárceles que se dio en 1794 cuando cayó el Régimen del Terror, Rouget salvó su cabeza de la «navaja nacional».



Igual, el destino que la vida le tenía deparado al poeta, no fue nada halagador. Tuvo que arreglárselas durante cuarenta años más en la indigencia ya que fue despojado de su uniforme y de su pensión. Pasó el resto de su vida dedicado a pequeños negocios y acosado por sus acreedores.

Llegó a ver como «La Marsellesa» irrumpía por todos los países europeos con el ejército victorioso, y también cómo Napoleón, apenas convertido en emperador, la hizo borrar de todos los programas por considerarla demasiado revolucionaria, siendo los Borbones, por último, quienes la prohibieron completamente. Sin embargo, hubo una pequeña luz al final de su vida cuando la revolución de julio de 1830 hizo resucitar su letra y su melodía en las barricadas de París y el rey burgués, Luis Felipe, le otorgó una pensión como autor de la misma, treinta y ocho años después de haberla creado. Le parece un sueño que se acuerden de él, y cuando, a la edad de setenta y seis años, fallece en Choisy-le-Roi en 1836, ya nadie lo nombra ni conoce su nombre. Tiene que pasar de nuevo toda una generación para que se desencadene la Primera Guerra Mundial, y entonces, cuando «La Marsellesa» era ya el himno nacional de Francia, se ordena que el cadáver del desconocido capitán Rouget sea exhumado y enterrado nuevamente en la Catedral de los Inválidos. Triste final del olvidado autor de un himno inmortal, que no pasó de haber sido sólo el poeta de una noche.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4
Libro: Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig

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miércoles, noviembre 28, 2012

El hombre que nació con cabeza de león

"Cuando Stephan Bibrowski nació, la partera lanzó un grito y después de cortar el cordón umbilical lo arrojó en el pecho de su aterrorizada madre".


Stephan Bibrowsky

Stephan Bibrowski, más conocido como "Lionel, el hombre con cara de león", fue un famoso personaje del mundo circense a inicios del siglo pasado. Era rubio y todo su cuerpo estaba cubierto de un largo pelaje natural, que convenientemente cepillado lograba dar (a su rostro) el aspecto de un león. En esa época era una condición muy extraña para los médicos y hombres de ciencia que lo examinaron. Apenas un siglo después de su nacimiento se pudo determinar con certeza que Stephan padecía de hipertricosis. Una rara enfermedad genética asociada con el cromosoma Y.

Se cuenta que nació en 1891 en una aldea cercana a Varsovia y que al salir del vientre de su madre, su cuerpo ya estaba cubierto con dos centímetros de pelaje. Ante las preguntas de los aldeanos y acusaciones de hechicería y bestialismo, a su pobre madre sólo se le ocurrió mentir: justificó la condición de su hijo, al hecho de haber presenciado el ataque de un león sobre su padre. Que fue testigo del suceso durante su embarazo y que aquella conmoción era la culpable. Los aldeanos obviamente no se lo creyeron y seguían martirizándola con la tesis de que el infante sólo podía ser fruto de una abominación. La mujer no tuvo más remedio que cargar a su hijo y huir a las aldeas aledañas pero lastimosamente la historia se repetía en cada lugar a dónde llegaba. Hecha un manojo de nervios, con el hambre, el frío y campesinos curiosos persiguiéndola, se lo entregó a un empresario alemán de apellido "Meyer" cuando Stephan apenas tenía cuatro años. Meyer le dio su nombre artístico y lo empezó a exhibir desde esa edad por toda Europa. Fue un éxito en las ferias y plazas de las ciudades europeas.


Bibrowsky en la infancia

La primera vez que fue puesto en exhibición, aún siendo niño, el cabello de Lionel medía ya 20 cm en la cara y el resto del cuerpo estaba cubierto por una vellosidad de aproximadamente 10 cm. La única excepción eran las palmas de las manos y las plantas de los pies. En 1901, con diez años de edad, Lionel fue llevado a los Estados Unidos y lo negociaron con el mítico Barnum and Bailey Circus. Viajó con ese circo a partir de entonces y de vez en cuando volvía a Europa gracias a las giras.




En los circos americanos su función se limitaba a tomarse fotos junto a la jaula de los leones, poco después, Lionel ya combinaba actos de gimnasia con trucos y sobretodo, mostraba al público su lado más humano, más tierno y que era lo que contrastaba con su singular apariencia. Ese contraste precisamente fue el que hizo que su público lo adorara. Era conocido por ser un perfecto caballero que siempre andaba impecablemente vestido. Le fascinaba la lectura, era un autodidacta con conocimientos que igualaba a los universitarios de la época, quienes terminaban anonadados después de charlar con él. De hecho, en algún momento de su carrera artística llegó a considerar seriamente la posibilidad de hacerse dentista. Hombre culto, era capaz de hablar con fluidez cinco idiomas, suerte y herencia de sus infantiles giras europeas. Para 1920 se instaló permanentemente en los EE.UU. convertido ya en una celebridad, en un héroe popular, sobretodo en Nueva York. Era uno de los residentes más pintorescos y solicitados de Coney Island.



En esa misma década y para sorpresa de todos, Lionel se retiró de su carrera artística y regresó a Europa, a la empobrecida Alemania de la post guerra. Nadie sabe el porqué. Según los informes, murió en Berlín de un ataque al corazón en 1932 a la edad de 41 años.

Nota: En este enlace pueden encontrar otra historia pero mucho más triste acerca una mujer con el mismo padecimiento (hipertricosis). Ella no tuvo la suerte de Lionel.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6

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viernes, noviembre 16, 2012

La mujer que se cortó los pechos para ser piloto de autos de carrera

Ahora vamos a conocer a una singular mujer olvidada por la historia, y a la que el deporte francés le debe muchas glorias. Lamentablemente murió condenada por traición a la patria.

Violette Morris nació el 18 abril 1893 en París. Fue la menor de seis hermanos y sus padres decidieron que pasase su adolescencia en el convento de L'Assomption de Huy . A pesar de ser lesbiana de closet desde muy temprana edad, en 1914 se casó con un hombre llamado Joseph Gouraud. Aburrida, luego de casarse, se presentó en el Ejército francés para servir como militar enfermera en la Primera Guerra Mundial. Le dieron a conducir una ambulancia con la que estuvo en el frente durante la Batalla del Somme y la de Verdún. Aunque se demoró en hacerlo, especialmente por las críticas de la sociedad, se divorció en mayo de 1923.


Violette Morris

Era una mujer muy bien dotada y, ya dentro del ejército, se dedicó de lleno al deporte convirtiéndose en la primera mujer francesa que compitió en lanzamiento de bala y disco. Luego hizo furor en el fútbol femenino. Jugó para el Deporte Fémina desde 1917 hasta 1919, y el Olympique de París desde 1920 hasta 1926. Llegó a ser seleccionada del equipo olímpico femenino francés.

Además de su rutilante carrera como futbolista, participó en muchos otros deportes. Fue seleccionada francesa en el equipo masculino de waterpolo porque además de buena jugadora, no había equipo femenino en la época. También era una gran boxeadora. Le encantaba subir a los cuadriláteros y fajarse con los soldados, a los que la mayor parte de veces derrotaba. Otros deportes en los que destacó fueron ciclismo de carretera, motociclismo (primera mujer), automovilismo, hípica, tenis, tiro con arco, buceo, levantamiento de pesas y lucha libre greco-romana. Sus años más brillantes como atleta fueron de 1921 a 1924, cuando su lema era "Ce fait qu'un homme, Violette peut faire le!": Cualquier cosa que un hombre pueda hacer, Violette también lo hace!


Obviamente su estilo de vida era muy diferente al papel tradicional de la mujer francesa de la década de 1920. Al margen de sus actividades deportivas, Violette Morris llevaba una especie de doble vida fuera de las canchas. Le encantaba la noche, el vino y las bellas mujeres, que dicho sea de paso, nunca le faltaron. Lo que llamaba la atención entre su grupo más íntimo, cercano; es el cómo podía ser tan buena atleta si, entre otras cosas, salía de juerga muy seguido, bebía en abundancia y fumaba de dos a tres paquetes de cigarrillos diarios.

Y como este mundo siempre ha sido cruel con los virtuosos, ustedes saben: la gente envidiosa, conservadora, los chismes, en fin; le negaron la renovación de la licencia de la FFSF (Federación Atlética francesa Femenina) en medio de quejas por su estilo de vida nocturno, por tanto, fue excluida de los Juegos Olímpicos de Verano de 1928. La agencia aludió su “falta de moral”, especialmente porque uno de sus amantes, Raoul Paoli, hizo públicas sus relaciones bisexuales y no sólo lésbicas. Paoli se había separado de Violette después de que ella había decidido someterse a una mastectomía con el fin de encajar en los autos de carreras con mayor facilidad. Después de 1928, ya lejos de toda actividad deportiva, Violette instaló su propia tienda de repuestos automotrices en París y se dedicó únicamente a ser piloto y reconstruir autos de carreras.


El asunto de la mastectomía fue un claro ejemplo de su pasión por el deporte tuerca. Mientras el automovilismo evolucionaba, los autos se iban compactando más y más. En esa época (y en su categoría) el auto no debía exceder los 400 kg de peso, la cabina le resultaba muy estrecha y el volante le oprimía el tetamen. Despojada de uno de los más bellos atributos femeninos, Violette incursionó con más éxito en el automovilismo profesional. Antes y después de su operación cosechó muchos éxitos en las pistas, su palmarés es impresionante: En 1922, ganó la carrera París-Pirineos París en la categoría 750 cc. Un año más tarde volvió a triunfar en este evento y también subió al podio en la carrera París-Niza. Ganó el Gran Prix de San Sebastián en 1926 y un año más tarde ganó el Bol d'Or en las 24 horas de París al volante de un BNC. En 1934 ganó el Rally de los Dolomitas.


A finales de diciembre de 1935, Violette se dejó seducir por la Gestapo de la Alemania nazi. La llevaron como invitada de honor a los Juegos Olímpicos de Verano de 1936 en Berlín, por orden personal de Adolf Hitler. A cambio, ella entregó a Alemania los planes parciales de la Línea Maginot (bunkers fronterizos de defensa), planes detallados de los puntos estratégicos de París, y los esquemas de abastecimiento principal del ejército francés. Esta información fue vital para la invasión alemana y la toma de París en 1940. Durante la ocupación alemana, Violette vivía muy cómodamente en una casa flotante sobre el río Sena.


Una de sus principales responsabilidades durante la guerra era frustrar la operación de la SOE, una organización británica que gestionaba ayuda a la resistencia. Por estas actividades, la ex atleta fue condenada a muerte in absentia. Fue asesinada poco después por miembros de la resistencia francesa mientras transitaba por un camino rural el 26 de abril de 1944, a la edad de 51 años (Sí, yo también recordé a los Inglourious Basterds de Tarantino). Ese día iba con dos de sus empleados. Ellos también fueron asesinados.

Su cuerpo, acribillado a balazos, fue enterrado en una fosa común. Hoy en día, Violette Morris constituye un símbolo para las lesbianas de derecha.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8

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viernes, noviembre 09, 2012

La princesa que nunca pudo tener un orgasmo

Siempre fue muy conocida y comentada la calentura y cachondez de los Bonaparte, no sólo de los varones,  ya que aún antes de que el corso se tomara el poder, se escuchaba de los caprichos carnales de su hermana preferida, la bella y ardiente Pauline Bonaparte. Bueno, nos saltamos tres generaciones y llegamos a 1882 cuando nace la princesa Marie Bonaparte, sobrina nieta del mismísimo Napoleón (bisnieta de Luciano), pero que heredó sin duda todos sus genes.


Como toda princesa, tuvo una vida de cuento. Su madre murió de una embolia apenas un mes después de haberla traído al mundo, y desde esa edad, su padre la envió a vivir a St. Cloud, en las afueras de París, donde por muchos años, los únicos compañeros de juegos fueron su nodriza y posteriormente, su institutriz. Muy rara vez podía ver a su padre, al que por supuesto adoraba, pero los múltiples compromisos sociales no le dejaban tiempo para disfrutar de su hija.


Al cumplir 25 años, su padre arregló su matrimonio con el príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca, el segundo hijo del rey Jorge I de los Helenos. Este Príncipe Jorge tenía 13 años más que su novia, y según las crónicas era increíblemente alto y guapo. Marie cayó locamente enamorada de él, a pesar de que desde el inicio sintió que no tenían nada en común. Se casaron en 1907 pero recién ahí la pobre princesa Marie se enteró que las mujeres y el sexo conyugal, le eran completamente indiferentes al príncipe. De hecho, su marido más bien vivía pendiente de las cartas de su "amado tío" y esperando su llegada. 

Con su esposo, Jorge de Grecia y Dinamarca

Luego de aceptar el hecho de que su marido era un maricón completo, no le quedó otra alternativa que hacer un buen uso del recurso humano circundante para apaciguar sus calenturas. Es así que se echó al hombro una larga serie de amantes como el ayudante de cámara de su marido o el mismísimo Primer Ministro de Francia.

A pesar de todos sus amantes, lo que realmente le preocupaba era su imposibilidad de alcanzar el orgasmo (la volupté, como le dicen los franceses) durante el coito. Esto era un problema serio porque en esa época la masturbación clitoral estaba muy mal vista. Empezó pues a estudiar anatomía, fisiología y psicología con un entusiasmo notable, y trató de confirmar una de sus teorías entrevistando a 243 mujeres sobre su vida sexual, la calidad de sus orgasmos y la distribución anatómica de sus genitales. En 1924 Marie publicó sus sorprendentes resultados en la revista científica Bruxelles-Médical, pero no con su nombre sino adoptando el pseudónimo A.E.Narjani.


Marie Bonaparte clasificó a las mujeres en tres grupos según la distancia entre el clítoris y la vagina. Quienes tenían una distancia menor a 2.5 cm (una pulgada), que de paso eran el grupo más numeroso (69% de la muestra), eran las que más a menudo disfrutaban de orgasmos durante el coito. Las que tenían el clítoris a más de 2.5 cm de la vagina, representaban un 21% de la muestra y tenían serias dificultades para alcanzar el clímax. Un 10% de mujeres se movían en el terreno intermedio, a lo que Marie llamaba “el umbral de la frigidez”.

Lastimosamente Marie Bonaparte pertenecía al 21% de mujeres con el clítoris cruelmente distante, y achacó a esta configuración anatómica sus dificultades orgásmicas. Es aquí donde entra en escena un delirante científico vago, el cirujano vienés Josef Halban, que convence a Marie de que la solución a sus problemas consiste en mover quirúrgicamente su clítoris para acercarlo a la vagina, cortando y pegando ligamentos y tendones en una operación que calificó de “simple”. Lo que ignoraba este carnicero es que la mayor parte de las terminales nerviosas del clítoris están escondidas bajo la superficie de la piel.

Luego del post operatorio que, dicho sea de paso, debió ser bastante incómodo, la Princesa Marie estaba lista para estrenar sus flamantes orgasmos y probó con algunos de sus amantes la nueva posición de su clítoris… pero nada. Ella seguía tan frígida como antes y nunca pudo alcanzar su tan ansiada volupté durante el coito. Una segunda operación para reubicar de nuevo el pequeño apéndice tampoco obtuvo los resultados deseados. De hecho, casi lo insensibilizó.

Por supuesto, había una solución mucho más sencilla que recurrir al bisturí: simplemente cambiar de postura. Si una mujer con el clítoris un poquito alejado de la vagina quiere maximizar las posibilidades de tener un orgasmo coital, la postura ideal es con ambos sentados cara a cara, posición que fuerza el contacto entre el pene y el clítoris durante la penetración. En esa época la princesa no lo sabía.

Desafortunadamente quien entra ahora en escena es ni más ni menos que Sigmund Freud, cuya posición hacia el clítoris oscilaba entre la ignorancia y una cierta condescendencia paternal. Freud generó la idea de que el orgasmo clitoriano era una manifestación infantil, un juego de las niñas; mientras que el orgasmo vaginal era una manifestación madura y adulta. No se cansaba de repetir la antipática frase: “cuando una mujer llega a la edad adulta y entra en la madurez sexual, el clítoris debe ceder su sensibilidad e importancia, parcial o completamente, a la vagina”.

Sigmund Freud

Parece ser que Freud convenció a Marie Bonaparte, quien en poco tiempo se convirtió en su discípula y patrocinadora, y más tarde en psicoanalista por derecho propio.

Las teorías de Freud sobre la preponderancia de la vagina sobre el clítoris llevaron a Marie a estudiar mujeres cuyo clítoris había sido extirpado, fuera por motivos médicos o por ablación ritual como en algunos países de África. En teoría debería haberlas encontrado más 'vaginalizadas' al haber sido eliminado ese elemento de distracción, pero lo que vio es que muchas se masturbaban clitoralmente, aunque con dificultad, sobre las cicatrices (recordemos, la mayor parte del clítoris es 'subterránea').

De todas formas Freud se convirtió en su amigo, confesor y consejero, y logró frenarla cuando iba a someterse, desesperada, por tercera vez al quirófano para reubicarse el clítoris. Pero él también confió en ella, la autorizó para que lo representara (y lo tradujera) en Francia, y se puso en sus manos para que lo sacara de Austria cuando Hitler quería gobernar el mundo.

Fue la traductora oficial del trabajo de Freud e introdujo el Psicoanálisis en Francia

La generosa Princesa también utilizó su dinero para ayudar a crear una escuela de formación de psicoanalistas en París. Su fortuna contribuyó a la popularidad del psicoanálisis en Francia, lo que la convirtió en una figura central en la Sociedad Psicoanalítica Francesa.

Como terapeuta también rompía esquemas: cuando partía –huyendo del frío- a su casa de Saint Tropez, recibía allí a sus pacientes, les daba alojamiento y los mandaba de vuelta a París con su chofer. En Mónaco los atendía en el jardín, bajo un castaño: una chaise longue para el paciente, y ella detrás en un sillón de mimbre, tejiendo crochet.


Durante la Segunda Guerra Mundial salvó a más de doscientas personas antes de irse ella misma a Egipto. En su vejez confesó que el psicoanálisis le había procurado resignación, paz mental y la posibilidad de trabajar, pero que su vida estaba marcada por el fracaso y la añoranza de la tan esquiva volupté.

Lo más alucinante es que Marie no estaba equivocada. Aquel excéntrico trabajo de campo con 243 mujeres resultó asombrosamente preciso: los cirujanos plásticos de la actualidad que se especializan en reconstrucción vaginal fijan en exactamente dos centímetros y medio “la distancia armoniosa que debe haber entre el clítoris y la vagina”.

Princesa Marie Bonaparte

Hay una anécdota bastante curiosa de la Princesa Marie Bonaparte que habla muy bien de su buen carácter y desenfado. En 1953, cuando ella y su esposo, el Príncipe Jorge de Grecia asistieron a la coronación de la reina Isabel II de Inglaterra, Marie, para no aburrirse y matar el tiempo, se puso a charlar y psicoanalizar al caballero que estaba sentado junto a ella. El caballero, anónimo en ese entonces, resultó ser Francois Mitterand, el futuro presidente de Francia.

Marie Bonaparte murió de leucemia en 1962 a la edad de 80 años. Está enterrado junto a su esposo en el cementerio real de Tatoi en Grecia.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

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miércoles, septiembre 12, 2012

El rostro del odio y el judío que pudo retratarlo

Alfred Eisenstaedt fue uno de los más emblemáticos fotógrafos del siglo pasado. Nació en Polonia, al Oeste de Prusia, en el seno de una familia judía y lastimosamente fue testigo del ascenso del partido Nazi liderado por Adolf Hitler. Trató de abrirse campo profesionalment en Berlín, pero tuvo que emigrar irremediablemente a los Estados Unidos porque el hostigaiento a la sociedad judía, era ya una cuestión insostenible.

Alfred Eisenstaedt

Como ciudadano norteamericano y corresponsal de prensa, logró viajar por el mundo y captar algunas fotografías que se convirtieron íconos del siglo pasado(y de la historia). Quizás la más famosa es la del V-J Day, en Times Square, también conocida como El Beso en Times Square, que tiene una historia bastante curiosa, la verdad.

Bueno, el asunto que ahora nos ocupa, es que Alfred Eisenstaedt fue quizá también, el único hombre que pudo retratar el rostro la maldad, de la hipocresía y del odio que puede albergar un ser humano. Lo curioso es que son dos fotos, sin mayor lapso de tiempo entre la una y la otra.

Sucedió en Ginebra. Tuvo la oportunidad de retratar a Joseph Goebbel, Ministro de Propaganda de Hitler. En la primera foto no hubo mayor problema porque el ambiente era distendido y Goebbels, cual estrella mediática, atendía de buena gana a los corresponsales acreditados.


Goebbels ante la prensa acreditada en Ginebra

Para la siguiente foto, el semblante de Joseph Goebbels cambia radicalmente, se descompone. Le habían avisado que uno de los fotógrafos acreditados (Alfred Eisenstaedt), era judío, lo ubica, y le lanza una mirada demoníaca. La imagen habla por sí misma, no necesita palabras:


Goebbels, su verdadera mirada. ¿Son los ojos el espejo del alma?

Pero dejemos que el mismo fotógrafo nos cuente su experiencia:

“En 1933, viajé a Ginebra para la decimoquinta reunión de la Liga de las Naciones. Allí, sentado en el jardín del hotel, estaba el Dr. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, hubo un momento que el sonreía con todos, pero conmigo no lo hizo. Detrás suyo estaban su secretario privado y su intérprete. Ya alguien le había dicho que yo era un fotógrafo judío. Me regresó a ver con odio y me clavó fijamente la mirada. Yo también se la mantuve firme. ¿Me consideraba su enemigo?, parece que sí.
Mucha gente suele preguntarme acerca de cómo me sentía cuando tenía que fotografiar a estos tipos. Obviamente, no tan bien, pero cuando tengo una cámara en la mano no conozco el miedo”.

Alfred Eisenstaedt trabajó toda su vida en el staff de fotógrafos de Revista LIFE, magazine en la que llegó a ocupar con sus imágenes más de noventa portadas, y fueron publicadas más de diez mil imágenes suyas durante el tiempo que se dedicó al fotoperiodismo.

Fuentes:
1, 2, 3

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