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martes, abril 16, 2013

Discurso de Hemingway para recibir el Nobel, una joya

Para 1942, Ernest Hemingway había decidido (según sus propias palabras) renunciar al "negocio" de la escritura y no escribió nada durante cuatro años. En 1946, luego de su matrimonio con Mary y la pérdida de su hijo a los cinco meses de embarazo, cayó en una depresión profunda. Fue una década devastadora en su vida, sus amigos escritores morían uno detrás de otro: en 1940 murió Scott Fitzgerald;, en 1941 fallecieron Sherwood Anderson y James Joyce, en 1946 se fue su amiga Gertrude Stein; y en en 1947 Max Perkins, quien fue durante largo tiempo su editor y amigo. Empezó a sufrir fuertes dolores de cabeza, presión arterial alta, problemas de sobrepeso y se le diagnosticó diabetes como resultado de muchos años de consumo excesivo de alcohol. Sin embargo, en enero de 1946 comenzó a escribir nuevamente, a despojarse de sus miedos, dolores y demonios con la escritura. Su catarsis no perseguía sueño alguno, peor aún un premio o reconocimiento. Sólo era un audaz periodista con sueños de escritor.

Esa valentía, osadía -y hasta sinvergüencería- de tomar una pluma y vertir sus entrañas sobre un papel, vomitar el dolor y la impresión de una guerra mundial, el orgullo y arrepentimiento de haber disparado a matar siendo tan sólo un corresponsal de guerra; ese arrojo personal y necio, es el que nos ha permitido disfrutar de su magna obra.


En 1954, cuando le comunicaron que iba a ser galardonado con el Nobel de Literatura, declaró a la prensa que Carl Sandburg, Isak Dinesen y Bernard Berenson eran mucho más dignos de semejante honor, pero que él con mucho gusto recibiría el dinero del premio. No asistió a la cena de premiación en Estocolmo, pero escribió en un trozo de papel una pequeña nota para que la leyera el Embajador de los Estados Unidos en su nombre:

"Carente de toda habilidad para pronunciar discursos y sin ningún dominio de la oratoria o la retórica, agradezco a los administradores de la generosidad de Alfred Nobel por este Premio. 
Ningún escritor que conozca a los grandes escritores que no recibieron este Premio, puede aceptarlo sin humildad. No es necesario hacer una lista de estos escritores. Todos los aquí presentes pueden hacer su propia lista de acuerdo a su conocimiento y conciencia.
Me resulta imposible pedir al Embajador de mi país que lea un discurso en el cual un escritor diga todas las cosas que están en su corazón. Las cosas que un hombre escribe pueden no ser inmediatamente captadas, y en esto algunas veces es afortunado; pero eventualmente se vuelven claras, y por estas y por el grado de alquimia que posea, perdurará o será olvidado. 
Escribir al mejor nivel, conlleva una vida solitaria. Las Organizaciones para premiar escritores mitigan la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública a medida que se despoja de su soledad y a menudo su trabajo se deteriora debido a que realiza su trabajo en soledad, y si es un escritor suficientemente bueno, cada día deberá enfrentarse a la eternidad o a su ausencia. 
Cada libro, para un escritor auténtico, es un nuevo comienzo donde intenta cada vez alcanzar algo que está más allá de su alcance. Siempre intenta lograr algo que nunca ha sido hecho o que otros han intentado y han fracasado. Entonces algunas veces -con gran suerte- tiene éxito. 
Cuán fácil resultaría escribir literatura si tan sólo fuera necesario escribir de otra manera lo que ya ha sido bien escrito. Debido a que hemos tenido tantos buenos escritores en el pasado es que un escritor se ve forzado a ir más allá de sus límites, allá donde nadie puede ayudarlo. 
Como escritor, he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente les agradezco."


Referencias:
1, 2, 3

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martes, diciembre 13, 2011

Las memorables juergas de Hemingway en Pamplona

“...llegó una noche totalmente borracho acompañado de dos prostitutas. Su esposa dormía ya; y él, sabedor de ello, pidió al conserje que le diese otra habitación para él y sus amigas. Tan sólo media hora después, en medio de un gran alboroto, ellas salían corriendo desnudas de la habitación, mientras Hemingway, en calzoncillos, las corría insultándoles.”

Ernest Hemingway escribió su novela The sun also rises ("Fiesta") basándose en hechos reales, en su propia vida. La primera vez que escuchó de Pamplona fue por casualidad cuando aún era corresponsal en París, y decidió ir a conocer esa pequeña ciudad española de apenas treinta mil habitantes. Quiso hacer un reportaje sobre aquella rara costumbre de "soltar los toros" para que corran por las calles. Hemingway tenía apenas 24 años y se apasionó tanto por el espectáculo de la fiesta brava, que regresó a Pamplona ocho veces. La pequeña ciudad española representaba para él, lo que tanto amaba: la diversión y la buena vida, el alcohol, las mujeres, los toros y los amigos.

Aquí Hemingway en su época de gloria (1959), cuando ya era un reconocido escritor y no el novato periodista que 25 años antes, descubrió Pamplona para el mundo

La tarde del 6 de julio de 1923, Ernest Hemingway llegó en tren a Pamplona por primera vez, acompañado de su esposa Hadley Richardson. Se encontró con precios hoteleros muy superiores a los que el sueldo de un joven periodista se podía permitir, por lo que tuvo que buscar una modesta habitación en el último piso de una pensión, en el que pernoctaron la primera noche.

Hemingway trabajaba en ese entonces para el semanario Toronto Star, al que debía enviar un artículo con un resumen y su visión de las fiestas. A los dos días envió un artículo muy a su estilo, sensacionalista y magnificador, en el que de alguna manera daba a conocer en la América anglosajona cómo eran los sanfermines, las corridas y sobre todo, el encierro pamplonés:
"En Pamplona, donde tienen seis días de toros cada año, desde el 1126 de la era cristiana, y donde los toros corren por las calles de la ciudad a las seis de la mañana, con la mitad de la población corriendo delante de ellos. (...) Pamplona, donde todos los hombres y jóvenes de la ciudad son toreros amateurs y donde hay una lidia amateur cada madrugada que es esperada por 20.000 habitantes, en la que los toreros amateurs van todos desarmados y donde hay una lista de accidentados por lo menos igual que en una elecciones en Dublín." (...)

El artículo fue publicado el 27 de octubre con el título de “Pamplona en Julio”. Desde aquella primera vez, cada año que Hemingway regresó a Pamplona se emborrachó con frecuencia y tuvo trifulcas en los bares. Llegaba con su mujer y andaba con otras. Un torete lo embistió en la plaza y hasta se dio el lujo de correr -en una ocasión y a cierta distancia- el encierro.

Para 1924 (su segunda fiesta) llegó a Pamplona con su esposa, con su compañero de juergas en París, el también desconocido –en esa época- escritor John Dos Passos y a un par de editores de libros. De Hemingway pueden decirse muchas cosas, que fue pendenciero, mujeriego o alcohólico, pero hay que reconocer que sabía lo que hacía. Se nota que ya tenía en mente su primera novela, sino, ¿para qué convencer a un par de editores de tomarse vacaciones con sus esposas en Pamplona?

Días antes de este viaje, un amigo madrileño amante de la tauromaquia le aconsejó que cuando volviese a Pamplona, tratara de alojarse en el Hotel Quintana, en la Plaza del Castillo (la plaza central), ya que aparte de la privilegiada ubicación, su dueño era un gran aficionado a los toros. Este hotel era de un señor llamado Juan Quintana quien, debido a su entusiasmo por la fiesta brava había logrado hospedar en su establecimiento a algún matador. Es así como aquél año Hemingway se aloja con su mujer y con sus amigos en el Hotel Quintana. Desde entonces, y hasta su fallecimiento, Juanito Quintana y él mantuvieron una férrea amistad.

El mítico Hotel Quintana donde se hospedó varias veces

Como no podía ser de otra manera, Hemingway aquél año sirvió de guía a sus amigos e hizo otro maravilloso descubrimiento. Encontró un pequeño café con un vista magnífica desde la terraza a la plaza del pueblo (el Café Iruña). Este sitio se convirtió en el denominador común de los siguientes viajes de Hemingway a Pamplona. Este café -que aún existe- es como el palco de un teatro desde donde se puede ver -cómodamente sentado- el paso de los sanfermines.

Ese mismo año, el día 7 de julio, acompañado por uno de sus amigos editores, Hemingway corre por vez primera en el encierro, obviamente tomando las respectivas precauciones para no correr riesgos. Lo cierto es que aquél día vivió de cerca el paso de los toros y luego participó con su amigo en las vaquillas (novillos) que aquella mañana se soltaron en la plaza.

Al día siguiente repitieron la experiencia, pero en esta ocasión, durante las vaquillas que hubo después del encierro, uno de los novillos revolcó al amigo de Hemingway por los suelos. El joven periodista en su afán de ayudar, trató de agarrar a la vaquilla pero también recibió su revolcón. Ese día ambos mordieron la arena entre risas y adrenalina.

Puede verse a Hemingway (de pantalones blancos) frente a una vaquilla. Aunque esta foto pertenece al encierro de 1927

Esta aventura fue muy divertida y no tuvo mayores consecuencias, pero tuvo una repercusión muy propia de su dramático estilo periodístico. En el Toronto Star se publicó que el periodista Donald Ogden Stewart había sufrido en este percance taurino la fractura de dos costillas, mientras que Hemingway, aquejado de varias contusiones, había sido multado por desmanes. Ambas informaciones eran falsas, pero aún así, Hemingway se dio el lujo de repetir la crónica del incidente para la agencia United Press, informando en ella que ambos periodistas habían sido corneados por un toro. El titular de la noticia en Canadá decía: “Toro cornea a un periodista de Toronto en las fiestas anuales de Pamplona”, y un subtítulo añadía: “Su compañero, sin embargo, tuvo dos costillas rotas”.

Así salió la noticia (exagrando el suceso) en el Toronto Star

Asiste por tercer año consecutivo en 1925, pero las fiestas de este año para Hemingway esta vez son diferentes. Llega con la misión de recabar toda la información posible para escribir después una novela con la que pudiera debutar dignamente. Con un par de meses de anticipación ya tenía reservada su habitación en el Hotel Quintana, donde por 12 pesetas estaba incluido su desayuno, almuerzo y cena; mientras que en el Hotel La Perla (donde quiso hospedarse su primera noche dos años antes) por estos mismos servicios hubiese tenido que pagar 35 pesetas diarias. Finalizadas las fiestas, Ernest y Hadley viajaron a Madrid en donde, días después, nacían los primeros párrafos de “Fiesta” a la que su autor dedicó por completo ese verano de ese mismo año.

Fieles a lo que parecía convertirse en una tradición matrimonial, Ernest y Hadley llegan a sus cuartos sanfermines en 1926. Este año los acompaña un matrimonio amigo (Gerald Murphy y Sara) y la joven periodista Pauline Pfeiffer, quien poco después se convertiría en la segunda esposa del escritor.

Los Murphys (izq), Pauline Pfeiffer (al centro), y los Hemingways en Pamplona, 1926

A Hemingway empieza a molestarle una tendencia de la que se había percatado el año pasado: la presencia en las fiestas de uno que otro extranjero, que nada tenían que ver con él ni con su grupo de amigos. Le gustaba sentirse el forastero único y mimado de las fiestas como en 1923 o 1924, cuando no era frecuente ver, ni siquiera en los hoteles, personas que no hablasen castellano. Pero ya era tarde. El mismo con sus crónicas había puesto en el mapa a las fiestas de Pamplona.

Otra foto de Hemingway y sus amigos en un café de Pamplona

Hemingway ya era un escritor, aunque su novela todavía no estaba impresa. Meses antes ya había publicado su primera obra, una novela corta titulada The Torrents of Spring (“Aguas primaverales”) y un pequeño libro titulado In our time, que era una recopilación de relatos seleccionados. Estas publicaciones y la próxima aparición de The sun also rises (“Fiesta”) le reportaban ya una comodidad económica que nunca había conocido, y se permite por primera vez el lujo de salir a comer fuera del hotel.

Regresando de las fiestas de este año y después de haber revisado a fondo el borrador, modificado algunos aspectos y pulido el léxico, Ernest Hemingway envía al editor Max Perkins el texto definitivo de su esperada novela. Finalmente la editorial neoyorquina Scribner’s publica en octubre la novela “Fiesta”. A partir de ese momento Pamplona comienza a vivir una auténtica revolución en sus fiestas de San Fermín.

Fiesta (The sun also rises), su primera novela importante

En 1927 Hemingway acude a Pamplona por quinta vez. Su novela empezaba a ser conocida y tuvo que ser editada en alemán, aunque irónicamente en España no se sabía de ella. De todas formas ya tenía su propio círculo de conocidos lugareños con quienes siempre se sintió cómodo. La novedad este año fue que Ernest acudió a los sanfermines por primera vez sin su esposa Hadley, a la que había abandonado unos meses antes. El escritor estrenaba nueva esposa, la periodista Pauline Pfeiffer, que había acompañado a la ex pareja el año anterior.

Ernest Hemingway y su hijo Patrick

En 1928 no pudo asistir a los sanfermínes debido al nacimiento de su hijo Patrick, pero volvió en 1929 y lo hizo con fuerza. Esta ocasión su asistencia -según varios testimonios- fue más interesante y agitada. Hemingway partió de París a Pamplona a finales de junio acompañado de su esposa Pauline, y a bordo de un flamante Ford descapotable de reciente adquisición.

Existen una infinidad de testimonios en sus biografías, puesto que fue el visitante extranjero más querido de Pamplona, pero es muy interesante el relato de Eustaquio Ardanaz, un antiguo empleado del Hotel Quintana y testigo de muchas de las virtudes y defectos del escritor. En 1929 ocurrió un incidente que colmó la paciencia de Juan Quintana, el dueño del hotel, quien estuvo a punto de romper la estrecha amistad con el famoso gringo. El relato no tiene desperdicio:

“Aquél año vino Hemingway acompañado de Paulina, con este nombre la conocíamos todos, alojándose como otras veces en nuestro hotel (...). No tenía una habitación fija, pues a Juanito le preocupaba el comportamiento de Ernest cuando bebía, y procuraba tenerlo bien separado de los clientes educados y correctos que venían siempre (...). Nada más comenzar las fiestas de 1929 Hemingway llegó una noche totalmente borracho acompañado de dos prostitutas. Paulina dormía ya; y él, sabedor de ello, pidió al conserje de noche que le diese otra habitación para él y sus acompañantes. Tan sólo media hora después, en medio de un gran alboroto, ellas salían corriendo desnudas de la habitación, mientras él, en calzoncillos, las corría insultándoles. El escándalo que se armó motivó las protestas de unos cuantos clientes del hotel, y el propio Juanito llegó a amenazar a Hemingway con echarle del establecimiento. A pesar de todo el follón que se armó, si mal no recuerdo, doña Paulina no llegó a enterarse.”

Este incidente ha sido muchas veces corroborado, una de ellas por su amigo personal, Jerónimo Echagüe, quien describía al escritor como: “un norteamericano al que le gustaba beber, comer, los toros y follar... ¡vamos, lo corriente!”.

Para las fiestas de 1931 el escritor regresa muy animado por el cartel taurino de ese año, que contaba con el torero Domingo Ortega para las corridas del 8 y 11 de julio. Se dice que Domingo Ortega era en aquél entonces de lo mejor que se podía ver en los ruedos españoles; su fama y su gran popularidad le permitieron cobrar en Pamplona nada menos que 23.000 pesetas por corrida. Debe haber sido muy buen torero para que Hemingway, que prácticamente ya tenía terminado su nuevo libro "Muerte en la tarde", le haya encontrado un hueco en su borrador para incluir esas faenas.

Hemingway en las corridas de 1931

Desde ahí, Hemingway tardaría más de 20 años en regresar. El periodismo, la Guerra Civil, su participación en la Segunda Guerra Mundial y su antipatía con la dictadura de Franco, lo mantienen alejado de Pamplona. Durante este tiempo se divorcia dos veces y vuelve a casarse otras dos. Vive veinte años en Cuba, donde se hace íntimo amigo de Fidel Castro. Allí escribe en 1952 "El viejo y el mar", su novela más famosa.

Regresa en 1953. Después de tantos años de ausencia ya en nada se parecía esa ciudad que el conoció dos décadas antes, aunque el marco festivo seguía siendo el mismo. Afortunadamente para él, el Café de la terraza seguía en su sitio, y aunque ya no existía el Hotel Quintana, su propietario Juanito, lo acompañó durante todas las fiestas.

En 1953, con su cuarta mujer, Mary, y Juanito Quintana, dueño del Hotel Quintana

En 1959 regresó a los sanfermínes pero ya consagrado como Premio Nobel de la Literatura, a las que serían las últimas fiestas de su vida. El 2 de julio de 1961, Hemingway se suicidaba con el disparo de rifle en su casa de Ketchum (Idaho). Unos días antes había anulado su reserva de habitación de hotel en Pamplona.

Esa poco usual mezcla de alcohol, juerga, mujeres, literatura y tauromaquia, han configurado la atípica fama que hoy en día tienen Hemingway y su obra literaria. Sólo su calidad como escritor explica y justifica la trascendencia que ha tenido, y sigue teniendo a nivel mundial. ¡Salud Maestro!

Para quienes no han leído "Fiesta" y les entra la curiosidad, aquí les dejo el libro para descargar.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

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jueves, junio 09, 2011

Cuando Hemingway jugó a los dados por un cuadro de Miró

En 1920, Joan Miró decidió probar mejor suerte y dejó Barcelona para mudarse a París. Ahí conoció un escultor que tenía un taller que sólo lo usaba durante los meses de verano, y llegó a un acuerdo con él para poder utilizarlo durante la temporada de invierno. El trato era perfecto porque Miró volvía todos los veranos a su pueblo. Luego, con la ayuda de algunos galeristas, logró exponer sus obras por primera vez en la Galerie La Licorne en 1921, y aunque esa primera noche no vendió nada, obtuvo lo más preciado para un artista: la crítica le fue favorable.

Joan Miró en la década de 1920
Con el tiempo se cotizó y empezó a ser de los mimados, de los siempre elegidos para participar en la escena artística parisína; sin embargo, él seguía unido profundamente a su Cataluña natal, y volvía cada verano a la granja de su familia. Era una cuestión sentimental. De hecho, uno de los más famosos cuadros de Joan Miró se titula "La Masía", más conocido como "La Granja", que lo comenzó a pintar justamente en la granja de su padre, luego lo continuó cuando vivía en Barcelona, y finalmente lo terminó en París.

Cuando Hemingway conoció a Miró en París (en 1921), se fijó en que como todo recién llegado, el catalán llevaba un estilo de vida muy austero. Eran los años de privaciones de todos los intelectuales y artistas, cuando el dinero era escaso y el hambre acechaba. El escritor se identificaba con el artista, y hasta lo sentía un cómplice de aquellos años en París, esos años de cuartuchos de hotel, vino barato e inviernos fríos, muy fríos y con poca leña.

"La Masía" de Joan Miró, más conocida como La Granja
Bueno, dejando un poco aquella nostalgia, el escritor estadounidense se percató de que Miró llevaba trabajando ya nueve meses, día tras día en ese cuadro grande y maravilloso. Tal era la obsesión del pintor por aquella obra, que cuando la terminó, ni siquiera quiso venderla. Tampoco se la mostraba a nadie, sólo pudieron verla un selecto grupo de amigos, entre ellos Hemingway. A la final las necesidades pudieron más, y en 1925 el pintor tuvo que llevar su querido cuadro junto a otros lienzos, a una gran galería para ponerlos a la venta.

Sus obras fueron vistas por un tal Evan Shipman, coincidentemente uno de los amigos de juerga de Hemingway, miembro de la famosa Generación Perdida, quien luego de verlas, compró todas las obras del lote. Con el tiempo Hemingway diría que "ese fue el único buen negocio que Evan Shipman hizo en su vida". Sin embargo, habiendo hecho un buen negocio, no se sentía muy seguro y decidió comentárselo a su amigo de confianza.

En uno de esos extraños giros que algunas veces da el destino, Shipman fue a buscar a Hemingway, y luego de comentarle sobre su hallazgo artístico le dijo: -"Ernest, tu deberías comprar 'La Granja'. No me gusta para nada todo el cuidado que esa obra requiere."

Hemingway le contó que fue testigo del empeño que le puso el catalán a ese cuadro, de los nueve meses que le tomaron a Miró concluirlo. Él consideraba que eso era como parir un libro o un cuadro. Que cuando algo tarda en gestarse y el autor no quiere desprenderse de su engendro, generalmente el resultado son obras maestras, como lo que le sucedió a James Joyce con su Ulises. Le recalcó que el cuadro era una gran inversión a futuro.

-"Ese cuadro valdrá mucho más Evan. No tienes idea de lo que te estarías perdiendo", le dijo.
-"Eso no me importa", contestó Evan. "Si se trata de dinero, que sean los dados los que decidan."
-"No tengo derecho a jugar por ese cuadro, tu lo encontraste. La oportunidad es tuya", le respondió Hemingway.
-"Dejemos que los dados decidan el dinero", insistió Evan Shipman. "Si pierdo podrás comprarlo tu".

Así que los amigos se jugaron a la suerte este cuadro de Miró, lanzaron los dados y el ganador fue Hemingway, quien no podía ocultar su felicidad y agradeció a su amigo por permitirle comprar aquella obra que desde que la conoció, aún inconclusa, tanto le había gustado.


Ernest Hemingway a mediados de los años 20
Al día siguiente Hemingway fue a la galería e inmediatamente realizó el primer abono. Acordó pagar cinco mil francos por La Granja, lo que según sus propias palabras "fue 4250 francos más caro de lo que había pagado por un cuadro en su vida". El lienzo obviamente, sólo se lo podría llevar cuando acabase de pagar la cuarta y última cuota.

A medida que se acercaba el plazo para efectuar el último pago, el vendedor de arte estaba muy contento porque sabía que si no se cancelaba el dinero ese día, la galería se quedaría con “La Granja”. Genio y figura Ernest Hemingway, como toda la vida lo fue, viviendo al límite de los excesos o de la pobreza, para esa fecha ya se encontraba sin dinero, sin un duro en el bolsillo como dirían en España, y casi resignado a perder un cuadro que siempre lo cautivó.

La Generación Perdida. Hemingway y su propia corte parisina, la de sus amigos expatriados. También se ve a Hadley, su primera esposa
Quienes han leído París era una fiesta, deben saber que él mismo había bautizado a su grupo de amigos en París como la "Generación Perdida". Casi todos eran escritores sin fama, intelectuales sin salario, que además de bohemios eran muy solidarios y con un muy alto sentido de la amistad. Parece ser que este tipo de personajes, aparte de irradiar carisma nacen con cierta estrella, porque siempre logran solucionar sus problemas antes del límite, con las justas. Nunca les va mal.

Y es que como toda esa perdida generación, aparte de bohemios eran como hermanos, y cual jauría se apoyaban cuando uno de los viejos lobos lo requería. Es así como Hemingway, con la ayuda del novelista John Dos Passos y del mismo Evan Shipman, recorrieron desde el día anterior los bares y burdeles, los restaurantes y cantinas que frecuentaban, pidiendo dinero prestado a quien pudiera ayudarles, y sólo así lograron recaudar lo necesario, y hasta les alcanzó para celebrarlo.
Cuando llegaron a la galería, al dueño se le había borrado la sonrisa del rostro. Le dolía en el alma entregarles aquel cuadro, más que nada porque le habían ofrecido pagar cuatro veces más de lo que le costó el lienzo al futuro Premio Nobel. Los tres intelectuales norteamericanos muy cortésmente le explicaron, como tan a menudo se explica en Francia, que los negocios son negocios.

Salieron de la galería y tomaron un taxi. Con el techo descubierto y con el lienzo como si fuese una vela, ordenaron al chofer que fuese lo más lento posible. Cuando por fin llegaron al departamento de Hemingway lo colgaron en una pared, y recién ahí pudieron contemplarlo extasiados y en silencio. “Fue un momento muy especial para los tres, estábamos felices. No lo cambiaría por ningún cuadro en el mundo”, declararía algunos después en una entrevista. Así mismo, en alguna otra ocasión en que el catalán visitó al escritor, entró y al ver su cuadro, le dijo: "Estoy muy contento de que tu seas el dueño de La Granja” .

John Dos Passos, Sidney Franklin, Ernest Hemingway en Madrid. Época de la Guerra Civil
Los fanáticos de Hemingway sabemos -y es muy conocido además- que el viejo escritor sentía un gran cariño –casi pasión- por España. Amaba su idioma, sus costumbres y la fiesta brava (fanático de los encierros de San Fermín). Tanto es así, que él nunca compró “La Granja” como una inversión ni pensando en venderla luego. Cuando le preguntaban acerca del lienzo, el solía decir:

"Lo que hizo Miró en ese lienzo, es todo lo que se puede sentir de España cuando se está allí, y todo lo que se siente cuando se está ausente y no se puede ir. Nadie más ha sido capaz de pintar dos cosas tan opuestas en un mismo cuadro".

Y por supuesto, como le gustaba opinar de todo, alguna vez también opinó de Picasso, de quien decía, era muy diferente a Miró. Para él, Picasso sólo era un hombre de negocios y punto.

Hemingway corrió en los Sanfermínes por primera vez en 1924. Le gustaban tanto que volvió 8 veces. Esta foto es del encierro de 1927 y se lo puede ver justo frente al toro con pantalones blancos.
Ernest Hemingway Photograph Collection, John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Cada vez que Hemingway tenía que mudarse por trabajo o por lo que sea, lo primero que empacaba era La Granja, cuadro que adoraba y que lo acompañó en todas partes donde vivió, desde París, pasando por Chicago, Key West y hasta en La Habana.

En un acto de nobleza, de desprendimiento, con la idea de compartir y de que otros ojos también disfruten de su lienzo favorito, lo concedió en préstamo al Museo de Arte Moderno de NY desde 1959 hasta 1964. Lastimosamente Hemingway se suicidó en 1961, pero su última esposa, Mary Welsh, haciendo lo que le hubiese gustado al viejo, lo cedió en 1987 a la Galería Nacional del Arte donde se encuentra hasta la fecha.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8

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