Hábil para el fútbol como todo buen uruguayo, se presentó a las inferiores de un pequeño club llamado Misiones. Poco tiempo después llegaría su primer contrato profesional con un club de la capital, el Bella Vista, donde jugaba como volante derecho.
Debido a todo ese derroche de talento, fue convocado por primera vez a un seleccionado nacional, para jugar en las Olimpiadas de París en 1924. Y fue allí definitivamente, donde se consagró como leyenda. Con su carácter extrovertido y amiguero, se sintió en París como un pez en el agua. Fue el jugador sensación de las Olimpiadas, tanto así que el periodismo especializado de la época, lo bautizó como “La Merveille Noire” (la maravilla negra).
Precisamente por esos logros de la celeste, el primer Campeonato Mundial de la historia en 1930, fue con sede en Uruguay, y obviamente, Andrade fue convocado.
Aunque “El Negro” no era el mismo de antes, seguía todavía aportando lo suyo, como un lance defensivo que perfeccionó, llamado la tijera: se lanzaba frente al atacante rival que llevaba el balón, estirando mucho la pierna izquierda, mientras que, con la derecha, le arrebataba el balón.
Luego de tocar el cielo con la camiseta celeste de su selección, tuvo un recordado paso por el fútbol argentino (Atlanta y Lanús), donde definitivamente se notaba que ya estaba quemando sus últimos cartuchos. Luego volvió a Uruguay al Wanderers de Montevideo y se retiró en Argentinos Juniors. Su vida, a partir de ahí fue un declive permanente. Estaba arruinado económicamente, sus amigos desaparecieron y tuvo que volver al barrio de Palermo, tan pobre como cuando llegó siendo un niño.
Aún así, su nombre seguiría sonando en Uruguay ya que veinte años después, en la Copa Mundial de 1950 en Brasil, José Leandro Andrade estuvo presente como invitado. En el campo, en su misma posición, ahora estaba su sobrino Víctor Rodríguez, que en honor a su tío se había puesto el segundo apellido Andrade en la camiseta. El sobrino de “El Negro”, al igual que su tío, logró coronarse Campeón del Mundo en el inolvidable “Maracanazo”.
Años más tarde, en 1956, un periodista alemán llamado Fritz Hack, viajó a Uruguay para encontrar a Andrade. Tras una intensa búsqueda de seis días pudo encontrarlo. Comentaba:
"Me ayudaron a encontrarlo los amigos. Pero lo que viví, fue una imagen de horror. En la 'Calle Perazza' vivía el ex famoso y celebrado futbolista en un sótano deteriorado."
"Encontré a Andrade en un tugurio espartanamente amueblado, se había dado totalmente al alcohol y debido a sus lesiones de ojos estaba casi ciego de un lado. Mis preguntas no pudo responderlas. Las respuestas las dio una hermosa mujer, la hermana del antiguo campeón olímpico".
Desaparecía así la primera estrella de color, el primer ídolo negro del mundo del fútbol. Se fue de una forma tan ingrata y triste, como la de tantos deportistas que llenaron de gloria sus banderas, para luego caer en el olvido.
Fuentes y referencias:
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