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martes, marzo 13, 2012

El rescate pagado más caro de la historia

Ubiquémonos en el Mar Egeo en el año 78 antes de nuestra era. El desenlace de esta anécdota bien pudo influir en el curso de la historia que conocemos y de sus civilizaciones. En aquel año, cierto joven aristócrata romano fue expulsado de Italia por el dictador Lucio Sila, por haberse aliado a las huestes de su más enconado rival. Mientras duraba su destierro, este ambicioso joven había decidido perfeccionarse en el arte de la Oratoria y la Elocuencia, en la academia del afamado profesor Apolonio Molo. Por esta razón navegaba hacia la Isla de Rodas.

Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las rocosas riberas de Caria, se percataron de que algunas embarcaciones de forma alargada y baja (evidentemente piratas turcos) se aproximaban hacia ellos. Los extraños se acercaban a gran velocidad y para colmo, el barco romano era lento y la brisa no ayudaba. No tenían más remedio que resignarse y así lo hicieron, la nave romana esperó pacientemente el abordaje de las canoas piratas y al poco tiempo, su cubierta estaba ya tomada por aquellos bárbaros de piel tostada por el sol.

Piratas listos para el abordaje

El jefe de los piratas lanzó una mirada circular sobre los asustados pasajeros e inmediatamente llamó su atención un joven aristócrata, vestido elegantemente según la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus sirvientes y esclavos, se entregaba tranquilamente a la lectura. Avanzando hacia él, el pirata le preguntó quién era, pero el altivo muchacho, lanzándole una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble romano, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo Julio César.


Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la suma que Julio César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus criados. Como el romano no se dignó siquiera en contestar, el capitán se volvió hacia su ayudante pidiéndole su opinión acerca del valor por el que tasaba al grupo. Este "experto", después de examinarlos detenidamente uno por uno, estimó que diez talentos serían una suma razonable.
El capitán pirata, irritado por el aire de superioridad del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo:
- Pues bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio.
Esta vez, César abrió la boca. Frunciendo el ceño, declaró:
- ¿Veinte? Si conocieses bien tu oficio, te darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta.
El pirata se sorprendió. Nunca había tenido un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar de buen grado un rescate tan cuantioso. Era una cantidad enorme. La razón de su arrogancia seguramente se debía al hecho de que estaba emparentado con algunos de los hombres más influyentes de su época, y su suegro era de uno de los más grandes políticos y militares.

Aclaremos. El talento era una medida monetaria que equivalía aproximadamente a 26 Kg (de oro en este caso), calculen por 50 talentos, nos da una cifra aproximada a 1300 Kg del precioso metal. La cotización actual del lingote de un kilo alcanza los $ 240.000 dólares en el mercado. Eso nos da la referencia de que un talento de oro al cambio actual, superaría los seis millones de dólares. Imagínesen eso multiplicado por 50. Era una cifra realmente obscena.
Para que tengan una mejor idea de la cantidad, recordemos que Roma "El Imperio", exigió a Cartago (otro imperio) como indemnización por daños de guerra apenas diez mil talentos.

Sitio aproximado donde los piratas los abordaron, actualmente es el sudeste de Turquía

Siguiendo con el relato, el pirata le tomó la palabra a Julio Cesar, luego lo hizo arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, y los llevaron a una de sus guaridas rocosas hasta esperar el regreso de los emisarios y negociadores que ambos enviaron a Roma para reunir el rescate.

César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas, compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de su elocuencia. Los piratas, según lo relata el historiador Plutarco, tenían una opinión muy desfavorable sobre los modales de su secuestrado y se la manifestaban sin ninguna delicadeza. Debía ser una vida extraña para el joven, que también era descrito por el dictador Lucio Sila, como "un muchacho con faldas". Por aquel entonces César tenía apenas 22 años.

Las famosas tertulias nocturnas donde los piratas se burlaban de César y su ambigüedad sexual

Como un auténtico romano, no solamente despreciaba a sus captores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que también les reprochaba sus defectos. De hecho, tuvo un inmenso placer al describirles lo que les sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles que sería magnánimo con ellos y solamente les haría crucificar a todos. Los piratas obviamente se reían de buena gana al escuchar sus amenazas, y se burlaban por su manera de actuar y comportarse tan poco varonil, casi afeminado; de hecho lo miraban con una especie de respetuosa condescendencia. Cierta noche en que los piratas se quedaron hasta altas horas emborrachándose en torno al fuego y haciendo más bulla que la habitual, el exigente prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su deseo de que hiciera callar a quienes estorbaban su reposo. Su demanda fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto.

Por fin, al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores con la noticia de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo de un buque y enviados a Mileto. Reunir una suma tan considerable había tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues el Emperador Sila, después de haber desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su esposa Cornelia. De haberlo sabido antes, seguro se hubiera dado un poco menos de importancia.

Al llegar a Mileto el rescate fue entregado a los piratas, y por su parte César pisó tierra deseoso de ejecutar en el acto su venganza. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos soldados, y casi tras ellos se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí encontró, tal como había esperado, a toda la pandilla embriagada celebrando el pago del rescate.

Piratas festejando

Fueron sorprendidos indefensos y no opusieron resistencia. Casi todos se entregaron, salvo unos pocos que lograron huir. César ahora tenía cerca de trescientos cincuenta prisioneros y la satisfacción de recuperar sus cincuenta talentos. Después de embarcar a los delincuentes en las galeras, hizo hundir todos los navíos piratas; luego alzó velas y se dirigió hacia Pérgamo. Recuerden que no podía volver a Roma.

En Pérgamo hizo encerrar a sus prisioneros en una fortaleza y se fue a hablar con el pretor (gobernador) Marco Junio. Le contó someramente lo que le había sucedido y le pidió una carta con su autorización para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes. Al pretor Marco Junio no le gustaba a actitud de aquel joven autoritario que quería hacer justicia con su propia mano. Había, además, otras consideraciones. El sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de su inmunidad, era prácticamente sagrado. Era una vieja costumbre que después de todo no funcionaba tan mal. Si el pretor accedía a los deseos de César, los sucesores de los piratas, extranjeros siempre, se volverían más bárbaros de lo que habían sido con él.

Junio además, era un pretor astuto y corrupto. Enseguida se dio cuenta de que aquella pandilla de piratas era rica y sabía que podía sacar una tajada de ellos, a manera de gratitud, si éste ejerciese un decreto de clemencia devolviéndoles la libertad. Le dijo a César que el mismo se ocuparía del asunto y que pronto le informaría de su decisión. César que no era ningún tonto, lo comprendió y se le adelantó.

Se despidió del gobernador y fue enseguida a donde los tenía encerrados. Por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, eligiendo a treinta de los cabecillas para la crucifixión que les había prometido. Cuando los escogidos aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados, serían degollados.


Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje –interrumpido por este percance- y entró, tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio Molo. Sobra decir que a partir de entonces, nadie volvió a poner en duda su palabra.

Así fue forjando su carácter y liderazgo, hasta que tres décadas más tarde, César y su ejército entrarían victoriosos en Roma donde se auto proclamó Emperador Vitalicio, pero esa es ya otra historia que algún momento les contaré.

Fuentes y referencias:
Historia de la Piratería, Gosse Philip
En la web: 1, 2, 3, 4, 5

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lunes, diciembre 06, 2010

La historia del país más pequeño del mundo

Para quienes no conozcan esta historia, tengo que explicarles algunos antecedentes:
Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, los objetivos de la Alemania nazi estaban muy claros, soñaban con tomarse el Reino Unido. En esa época Londres era el puerto más atractivo de Europa, lo que lo hacía tremendamente apetecible.

Los nazis sabían que atacar Londres vía aérea o marítima era algo muy difícil, por lo que decidieron hacerlo de a poco, en el estuario del río Támesis por donde circulaba todo el trafico marítimo de Inglaterra. Para esto utilizaron una nueva arma que habían inventado, la “mina magnética”, que como su nombre lo indica era una mina, pero ésta tenía la particularidad de que detonaba cuando se acercaba un objeto metálico de grandes proporciones, es decir, un buque o un barco. Su nueva arma empezó a darles resultado ya que los primeros meses hundieron más de un centenar de embarcaciones inglesas mercantes y militares.

Los ingleses tuvieron que dotar a sus embarcaciones de un equipo antimagnético, pero se dieron cuenta que tenían que hacer algo más al respecto para que sus embarcaciones pudieran salir sin más problemas al océano. Entonces decidieron construir unas fortalezas de apoyo en el medio del mar, las que servirían para custodiar la salida de sus embarcaciones hacia el Atlántico.

Fortalezas marítimas inglesas

Las primeras que se construyeron estaban formadas por dos columnas de concreto de 8 m de diámetro, y en su interior contaban con un estructura habitable que podían albergar hasta 120 soldados con su respectivo depósito de municiones, combustible y víveres. En la parte superior se encontraba el centro de control, los radares, comunicaciones y cuatro torres de defensa. Lo increíble es que los ingleses lograron que estas inmensas estructuras de acero y cemento fueran flotantes, y lo hicieron de una manera muy fácil y lógica. En la parte inferior contaban con un gran espacio vacío, y debido al aire que ésta albergaba no se hundía, es decir, eran prácticamente unas pequeñas islas flotantes, al menos por ahora.


Las cuatro primeras fortalezas fueron construidas en la playa de Gravesend y desde allí fueron remolcadas por buques mar adentro, a pocos kilómetros de las costas de Inglaterra, donde las hundieron de una manera muy simple, dejando entrar el agua e inundando la cavidad vacía de la base, de esa forma las columnas toparon el fondo del mar. (Imagen anterior)

Cada fortaleza completa se conformaba de siete construcciones individuales unidas entre sí mediante puentes y cables de acero para poder pasar de una a otra.


Fortalezas marítimas durante el conflicto

Durante la guerra cumplieron su cometido ya que todos estos fuertes lograron derribar 22 aviones, interceptaron 25 bombas aéreas y detuvieron un ataque perpetrado por un submarino alemán. Cuando el conflicto terminó, éstas estructuras fueron desalojadas, su personal volvió a tierra y el gobierno eventualmente seguía dándoles un mantenimiento esporádico. Para 1956 se las declaró inservibles, se les retiró el armamento e instrumental militar y quedaron abandonadas.

Ahora se viene lo bueno:

En 1967, el inglés Roy Bates estaba planeando crear su propia radioemisora pirata en frecuencia modulada, lo cual no era ilegal siempre y cuando las transmisiones se hicieran fuera de los límites marítimos de su país. Empezó haciéndolo desde un barco en el que se alejaba de las costas de Inglaterra y en una de sus travesías se encontró con una de aquellas fortalezas abandonadas, donde decidió instalar su equipo electrónico y lanzó al aire su emisora. Las autoridades la declararon como transmisora ilegal y aunque Bates dijo que estaba en aguas internacionales, probaron que no era así, fue encontrado culpable y debió pagar una multa de 100 libras. Roy no quiso quedarse con las ganas y continuó buscando en el mar un sitio que estuviera fuera de los límites marítimos de Inglaterra y fue cuando se encontró con otra de aquellas antiguas fuertalezas, la Raughs Tower, que para su fortuna si estaba en aguas internacionales.

Desde el momento en que encontró esta fortaleza supo que podía sacarle mucho provecho, por lo que abandonó el proyecto de la radio y se puso en contacto con varios abogados para que lo asesoren. Se mudó al fuerte junto con su esposa Joan y su dos hijos, y cuando sus abogados le dijeron que era defendible en un proceso judicial, salió a cubierta con un tarro de pintura y le puso nombre a su utopía con letras inmensas: “SEALAND”, que desde ese momento sería un principado del cual se autoproclamó Príncipe y nombró a su esposa Princesa de Sealand. Declaró a su estado como soberano y definió la bandera con su escudo, en el cual se podía leer el lema: E MARE LIBERTAS (Desde el mar, libres).


Roy Bates junto a su esposa e hijos

El 6 de mayo de 1968 un barco británico tuvo que acercarse al fuerte Raughs para arreglar una boya, pero Michael Bates, su hijo, consciente de la soberanía de su nueva nación, interpretó este acercamiento como una provocación inaceptable y vació el revólver calibre 22 de su padre con "disparos de advertencia". El barco se retiró inmediatamente pero Roy y su hijo fueron procesados por posesión ilegal de armas y uso temerario de las mismas. Éste juicio fue clave para apuntalar su nueva nación, ya que el juez los declaró inocentes porque las leyes británicas sólo pueden juzgar a ciudadanos que cometan delitos dentro de su territorio o en un barco que lleve su bandera.

Este llegó a ser el primer reconocimiento de facto como nación para Sealand ya que en el derecho internacional, éste se da cuando se tiene algún tipo de relación diplomática formal con una nación previamente reconocida.

Bandera y escudo de Sealand

Roy seguía empecinado en que era el dueño de una nueva nación y creía que tarde o temprano serían formalmente reconocidos, por lo que decidió imprimir las primeras estampillas postales del principado, las cuales fueron aceptadas por el servicio postal de Bélgica aunque el Servicio Postal Universal no reconocía a Sealand como nación. Debido a esto, la dirección postal oficial de Sealand es: Sealand 1001, Sealand Post Bag, IP11 9SZ, UK. Esta pertenece al registro postal de la ciudad de Felixstowe, Reino Unido.

Estampillas y monedas sealandesas

Para 1972 hizo acuñar los primeros dólares sealandeses que tenían la misma paridad con el dólar norteamericano, y para 1975 redactó la Constitución de Sealand, declarando al idioma inglés como su idioma oficial y su sistema legal basado en la Ley Común Británica.

Pasó el tiempo y para 1978 Roy Bates entabló negocios con un empresario alemán llamado Alexander Achembach, buscando abrir nuevos negocios para hacer lucrativo a su diminuto país. De inicio las cosas marcharon bien y Roy hasta le extendió un pasaporte diplomático al alemán, que terminó adoptando la "nacionalidad sealandesa". Pero las cosas se complicaron: en agosto de ese mismo año Roy y su mujer se encontraban en Inglaterra buscando empresas que quisieran invertir en el principado, cuando su socio alemán Achembach dio un golpe de estado y se tomó el poder junto a un grupo de empleados holandeses, proclamándose Primer Ministro y además tomó como prisionero a Richard Bates, el hijo de los “Príncipes”.

La extensión de Sealand es de aprox 500 m²

Cuando Rogers enteró de la situación, organizó un ataque sorpresa en helicóptero junto a un grupo de ingleses que le habían jurado lealtad y a quienes previamente él había otorgado la nacionalidad cuando les vendió el pasaporte. De hecho ese era un gran negocio que ya le había estado funcionando hace algún tiempo, ya que vendía pasaportes diplomáticos en algunas embajadas que había abierto en Europa y que tuvieron gran demanda, especialmente en los países de Alemania del este. Obviamente eran adquiridos por la inmunidad diplomática que éste les proporcionaba y en España hasta desarticularon una mafia que vendía permisos de conducir y títulos universitarios del Principado.

La noche del operativo él y su grupo armado lograron recuperar el poder sin causar bajas en ninguno de los bandos, liberó a su hijo, pero el alemán golpista y sus hombres fueron tomados como prisioneros de guerra. Roy se comunicó con los gobiernos de Alemania y Holanda, quienes le exigieron que liberara inmediatamente sus ciudadanos, y él, siguiendo estrictamente el protocolo de la Convención de Ginebra, liberó a los ciudadanos holandeses y declaró el fin de la guerra, pero no liberó al alemán, ya que éste fue juzgado por traición a la patria puesto que también era ciudadano de Sealand.

El gobierno alemán volvió a actuar y pidió a sus pares británicos que liberaran a su ciudadano, pero los ingleses escudaron en aquella resolución judicial del año 1968 que decía que "Sealand se encontraba fuera de sus límites territoriales", por lo que el asunto no era de su competencia.

Entonces Alemania se vio obligada a enviar un diplomático para negociar la liberación de su ciudadano, y aquí se volvió a aplicar otra vez el principio de facto, aunque el gobierno alemán no reconoció oficialmente a Sealand como nación. Al cabo de pocas semanas Roy Bates decidió liberar al alemán Alexander Achembach en un gesto de buena voluntad, principalmente para evitar conflictos con sus vecinos europeos.

Sealand y su helipuerto

Se han realizado varios estudios y análisis sobre la soberanía de Sealand, y los expertos en derecho internacional mantienen opiniones divididas, de hecho para muchos de ellos la soberanía de esta micronación debería ser reconocida ya que cumple con la definición de estado: una población fija, un territorio definido, un gobierno y capacidad para relacionarse con otros estados.
En las últimas décadas Sealand ha contado con una población fija y Roy Bates ha implantado un sistema de gobierno con él a la cabeza, pero regido por una Constitución y una Corte que eventualmente es formada para mantener un sistema judicial. La Constitución adopta las Leyes Británicas como base, algo que es normal cuando un país se "independiza". Bajo este punto de vista y habiendo afirmado más de una vez que su territorio no está bajo jurisdicción de ningún otro país, la soberanía de Sealand no está discutida.

Además hay un dato extra, y es que tanto Inglaterra, Alemania, Francia y Bélgica aceptaron pasaportes diplomáticos sealandeses y concedieron visas a sus ciudadanos, avalando con este hecho un reconocimiento hacia el nuevo Estado, aunque ninguno de los Ministerios de Asuntos Exteriores de estos países hayan proclamado públicamente dicho reconocimiento.

Y bueno, para todos aquellos que siempre se han sentido estafados por la vida y creen que debieron pertenecer a la realeza, ahora por sólo 29 libras esterlinas pueden convertirse en nobles de Sealand y tener su propio título nobiliario. Después de conocer toda esta historia, me di cuenta de que Suazilandia no es un proyecto descabellado :)


Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7


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domingo, junio 14, 2009

El tesoro de Pisco

Pisco es una ciudad costanera del Perú. Allí, hace más de un siglo, durante la Guerra del Pacífico que enfrentó a Bolivia, Chile y Perú entre 1879 y 1883, cuatro mercenarios que servían al ejército peruano: un español (Diego Álvarez), un inglés (Lucas Barret), un norteamericano (Brown) y un irlandés (Killorain), se enteraron que en una iglesia de esa ciudad, los sacerdotes jesuitas eran custodios de un gran tesoro.

Aprovechando la confusión creada por el conflicto, y valiéndose de la amistad que hicieron con un cura llamado 'Padre Mateo' convencieron a los custodios de que pusieran a salvo las riquezas del templo, trasladándolas al puerto del Callao o Lima, ciudades más seguras que Pisco.
De hecho Álvarez y sus tres amigos se ofrecieron como guardianes del tesoro hasta que éste llegase sano y salvo a su destino.

La Iglesia de Pisco, Perú

Los sacerdotes llegaron a la embarcación con 14 toneladas de oro y varios cofres de joyas. Una vez en alta mar, los mercenarios asesinaron a los frailes y a la tripulación del barco, apropiándose del tesoro y de la nave. Luego, tomaron rumbo a las Islas del Pacífico. Cuando llegaron al Archipiélago de Tuamotu - un grupo de atolones coralinos -, desembarcaron y enterraron la mayor parte del tesoro junto a la laguna de uno de los atolones.

Islas del Pacífico, Archipiélago de Tuamotu

Álvarez dibujó un mapa pero no sabía el nombre del atolón en el que habían dejado el tesoro, por lo que avanzaron a la siguiente isla -que se llamaba Katiu- y preguntaron a un nativo el nombre del atolón que quedaba en la dirección que venían. El nativo les respondió que venían de “Pinaki”, y luego de esa valiosa información, Álvarez disparó contra el nativo ya que no querían testigos ni que los aborígenes fueran a curiosear y encontrar su tesoro. Luego tomaron rumbo a Australia.


Llegaron a tierra firme con una pequeña parte del tesoro y derrocharon el dinero a manos llenas, obviamente pronto acabaron con su fortuna. Decidieron entonces, dirigirse al norte australiano a trabajar en una mina de oro. Allí pensaban reunir el dinero suficiente para adquirir una embarcación y volver en busca del resto de su botín; pero el español Álvarez y el inglés Barret fueron asesinados en un altercado con los nativos, mientras que el norteamericano Brown y el irlandés Killorain acabaron en la cárcel a causa de una riña en la que mataron a un hombre. Fueron condenados a 20 años de prisión. Brown murió cumpliendo su pena y sólo el irlandés se mantuvo con vida. Killorain salió viejo y enfermo de prisión y se convirtió en vagabundo.

En mayo de 1912, Charles Howe se encontraba en su casa cerca de Sidney. Era una noche de lluvia y alguien tocó a su puerta. Al abrir vio que era un vagabundo pidiendo algo que comer.“Fue el hombre con el aspecto más triste y desgarrador que jamás había visto en mi vida” diría después Howe. Alimentó al hombre, le dejó secar sus ropas y fue amable con él. Poco después el vagabundo se marchó.

Cuatro meses más tarde Howe fue llamado al Hospital de Sidney. El viejo vagabundo de aquella noche quería hablar con él. Le dijo que su nombre era Killorain, le contó que hace mucho tiempo junto a tres marinos habían enterrado un gran tesoro, que había pasado la mayor parte de su vida en prisión, y que nunca pudieron recuperarlo. Le entregó el mapa que hizo Álvarez y le contó toda la historia del robo de Pisco. Al poco tiempo murió.

Howe vendió todo lo que tenía y zarpó para Tahití. Desde allí pasó inadvertido por los islotes hasta llegar al atolón Pinaki donde se quedó a vivir en febrero de 1913.

Atolón Pinaki

Después de 13 años de infructuosa búsqueda se dio cuenta de que se había equivocado de isla. Por fin, cerca del atolón de "Raraka", localizó el tesoro. Extrajo una buena parte del botín y volvió a enterrarlo con la intención de regresar por el resto más adelante.

En 1932 Charles Howe regresó a Australia, y poco antes de emprender la nueva expedición que le iba a convertir en un hombre rico, desapareció de la faz de la tierra. Nunca más se volvió a saber de él.

Atolón de Raraka, donde Howe localizó el tesoro

Dos años después, otro aventurero que había conseguido apropiarse de los apuntes de Howe, incluido un plano que permitía localizar el tesoro, preparó otra expedición al atolón. Su nombre era George Hamilton y era un experto buceador. Ya en la isla, comenzó las perforaciones en la laguna, en el lugar en donde dedujo estaría el tesoro, pero conforme ahondaba en el fondo de la laguna, las corrientes del lago volvían a cubrir de arena la fosa. Las condiciones de trabajo se hicieron muy difíciles. Al final, Hamilton abandonó la búsqueda.

Hace poco, en 1994 el recuerdo del tesoro seguía vivo. Un descendiente de Hamilton examinó la vieja documentación y dispuso una nueva visita a la isla del tesoro, que también fracasó. Y ese no fue el último intento. Discovery Channel patrocinó una nueva expedición a la isla. La expedición fue suspendida antes de partir.


Búsqueda del tesoro en 1994

Se supone que el tesoro seguiría aún bajo las arenas de aquel perdido atolón polinesio. Quizá su destino no sea acabar en las manos de algún aventurero. Puede que quede enterrado para siempre. Parecería que esta historia está marcada por alguna maldición, o como bien dicen por ahí, que los bienes mal habidos, el diablo se los lleva…

Fuentes:
Treasurestories.com
Oceantreasures.org
Desdelaterraza

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