Si hay algo que agradezco a la vida, es que siempre me da la oportunidad de aprender de la gente.
El domingo pasado me encontré con Cachilo, el cuidador de la casa del campo a quien hacía mucho tiempo no veía. No tienen idea de lo enriquecedor que fue ese encuentro para mi.
Don Cachi, como lo llamamos todos, es un viejito de mas de 90 años, un hombre de a caballo, que se crió tomando calostro al pié de la vaca, que se hizo rudo y fuerte entre los montes. Ni siquiera él sabe exactamente su edad, apenas aprendió a escribir su nombre y nunca supo nada de números. Todo lo que no aprendió en la escuela, lo aprendió de la naturaleza, su verdadera escuela fue el campo y paradójicamente su sabiduría provoca una gran admiración.
Él se guía por el comportamiento de los insectos, la dirección del vuelo de las aves, velocidad y movimiento de las nubes o por las huellas que dejan en el suelo los animales para saber si lloverá o si se vendrá un invierno muy seco y frío.
No necesita reloj para saber la hora, la sombra de los árboles se lo indican (y no se equivoca).
Habando con él me di cuenta que nosotros, quienes vivimos detrás de una computadora absorbiendo información de Internet, de la televisión, de la radio o leyendo a autores destacados, jamás llegaremos a adquirir los conocimientos que él adquirió debido a la experiencia que le dió su roce con la naturaleza, el cielo y el campo. Muy curioso, no?
“La sabiduría marca muchos límites, incluso al conocimiento”.
Friedrich Nietzsche





